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miércoles, 17 de junio de 2026

Dudas, certezas

 

Hay gente que no, momentos que no, razones que, definitivamente, no.

Pasos que no, explicaciones que no y despedidas que, rotundamente, no.

Hay discursos que no, vivencias que no y motivos que, del todo, no.

Reproches que no, infiernos que no y argumentos que, completamente, no.

Hay olvidos que no, justificaciones que no y cierres que, radicalmente, no.

Silencios que no, instantes que no y pretextos que, tajantemente, no.

Hay mensajes que no, decisiones que no y finales que, sin vuelta atrás, no.

Laberintos que no, distancias que no y disculpas que, de ningún modo, no.

Hay palabras que no, respuestas que no y rupturas que, determinantemente, no.

viernes, 22 de mayo de 2026

Dos azules

 

Es innegable que el Mediterráneo es un mar doméstico y protector, que invita a la calma y a flotar sin prisa. Sin embargo, siento cierta nostalgia al contemplarlo. Mi mirada, habituada a otra intensidad, busca algo que allí no existe; extraño el azul cobalto, denso y oscuro que solo pertenece al océano abierto. Y es que, indudablemente, el Mediterráneo relaja, pero es el Atlántico el que, con solo sentirlo, me produce una punzada de sonrisa en el corazón.

Viajar por ambos mundos es constatar que la belleza marina no tiene una sola definición. El Mediterráneo es una acuarela perfecta con tonos aguamarina, fondos claros y olas que apenas murmuran al lamer la arena, un paraje para contemplar desde la orilla. En cambio, el Atlántico es un óleo cargado de fuerza. Su color, como drama potente, intimida y fascina a la vez. Esa oscuridad es el reflejo de un gigante cuyas corrientes dispersan la luz de una forma única, creando un espectáculo visual imponente.

Para quienes hemos crecido en las islas, el mar es nuestra dosis de energía. Se respira vibrante mientras la salitre se pega a la piel, se siente en el rugido del oleaje rompiendo contra los cortados volcánicos. 

El Mediterráneo es un viaje hermoso que deleita el espíritu, el Atlántico es inmensidad, libertad, un grito salvaje que me cimbrea los huesos.

jueves, 14 de mayo de 2026

Una milonga que resuena en mi cabeza

 

Que se mueran de envidia los fantasmas del invierno, esta tarde no les abro la puerta, la he cerrado con llave. He tirado la melancolía por el desagüe y la tristeza al cubo de la basura. Qué alivio, qué descanso bajar del pedestal de la penita y dejar de arrastrar los pies por la casa.

Necesito creer que tengo derecho a la ligereza, a un pensamiento que fluya a borbotones, sin medir las pausas, sin pedir permiso ni buscar la metáfora perfecta. Es casi insultante lo sencillo que es estar bien cuando dejas de hurgarte el ombligo en busca de cicatrices.

Hoy la vida me gusta y la narro así, de corrido, solo para mí. Mañana ya se verá, tal vez vuelva a llover y regrese el drama o la distancia. Pero en este instante el compás es otro. El bandoneón de mi mente toca una melodía alegre así que voy a exprimir la tregua antes de que el mundo decida volver a ponerse intenso.

lunes, 11 de mayo de 2026

El arte de habitarme

 


Cuantas veces nos pegamos la hostia porque creemos que el amor es un “felices para siempre”. Una pena... pero no funciona así. Cuando el desamor te pasa por encima, te deja seca. Es ese vacío en el estómago al darte cuenta de que se acabó, te ves ahí, planchada, intentando recoger los trozos del suelo sin saber ni por dónde empezar a pegarlos.

Y claro, para que no nos vuelvan a destrozar, nos volvemos un poquito robots. Es esa desafección de mierda que hace que  desconectes, que mires todo desde lejos y te pones una coraza. Es cómodo, sí, porque dejas de sufrir, pero te quedas hueca por dentro.

Pero he aprendido que la salida no es dejar de sentir, sino el desapego. Hablo de querer de verdad sin la necesidad de que el otro sea de mi propiedad o de que mi paz dependa de que no se vaya. Es quitarse una mochila que pesa demasiado; es entender que me importas, pero que mi bienestar va primero y ya no voy a obligar a nadie a quedarse.

Al final, la gente que aparece en tu vida no viene a tapar tus huecos. Lo acepto y  no tengo miedo. 

domingo, 26 de abril de 2026

Personaje/persona


Ayer vi una foto de alguien a quien conocía y me dio por pensar...

Dándole vueltas, me preguntaba dónde termina la valentía de ser uno mismo y dónde empieza ese impulso extraño de forzar la máquina para ser el alma de la fiesta. Creo que existe una frontera nítida entre la desinhibición y el hecho de acabar haciendo el payaso por mero afán de protagonismo.

Ser desinhibido es, para mí, un actitud envidiable. Es esa frescura de quien actúa sin el freno de mano puesto; alguien que baila o ríe porque le nace de las entrañas, sin solicitar permiso ni ofrecer disculpas. Es un acto de soberanía personal donde, si alguien mira, bien, y si no, también.

Sin embargo, en esa imagen no vi nada de eso. Vi a alguien forzando la pose, haciendo el tonto de manera deliberada para robar foco. Y es que todo cambia cuando el motor de tus actos deja de ser el disfrute propio y pasa a ser la mirada ajena. Ahí es cuando la espontaneidad muere y brota la estupidez. Es ese instante en el que el chiste se alarga en exceso o el comportamiento se vuelve errático, histriónico. 

Siempre tuvo la tendencia a ser el ombligo del mundo y un ego difícil de saciar pero hay algo en la falta de madurez que, al pasar los años, vuelve esa actitud un esperpento. Lo que en otro tiempo podía parecer divertido, audaz, hoy resulta ridículo. Me dio pena ver a alguien a quien quise aferrado a un personaje deformado, comprobar que esa chispa que un día tuvo se ha convertido en un ruido desesperado por seguir siendo el centro de atención. 

Seguro que le ríen las gracias, si, como al bufón de la corte.

sábado, 25 de abril de 2026

Si vas a cometer errores, que sean nuevos


Dicen que el tiempo lo cura todo, aunque se suele omitir que lo logra mediante engaños. La vida se comporta como un artesano que suaviza los relieves de antiguas tristezas, satura los matices de lo que fue gris y desdibuja con precisión los motivos por los cuales algo dejó de funcionar.

Transformamos en añoranza aquello que, en su día, resultó amargo. Nos aferramos al destello de lo que pudo ser, ignorando el desasosiego o la angustia que nos asfixiaba. Es un escondite confortable, una melancolía que nos convence de que el ayer es un refugio idílico, un paraíso diseñado a medida.

Sin embargo, ese cuento de hadas no es más que un espejismo moldeado por nuestro deseo. 

El riesgo está cuando se nos ocurre la brillante idea de dar una nueva oportunidad a lo que ya no existe.

En ese reencuentro es donde la imagen tantas veces soñada se desmorona y al tropezar con los mismos obstáculos, descubrimos que los filos nunca se marcharon simplemente habíamos dejado de palparlos. Mágicamente surge la sensación de ridículo, ese instante de lucidez en el que comprendemos que hemos estado guardándole luto a una quimera.

Porque la nostalgia es una embustera profesional, mientras que la realidad, tarde o temprano, nos devuelve el reflejo de lo que fuimos, sin filtros, sin piedad, descarnada.

jueves, 23 de abril de 2026

Humo de grandeza


Me alejé, volví, otra vez me fui, regresé...

Y está siendo agotador asomarse a las redes de BDSM y encontrar siempre el mismo decorado, tipos que confunden la autoridad con la mala educación. 

Mi percepción es que se ha extendido una plaga de perfiles que venden una "dominancia" de manual, una puesta en escena diseñada para saltarse los protocolos más básicos de respeto bajo el pretexto del rol.

Resulta extenuante observar cómo se utiliza la estética o la jerarquía como un atajo para el consumo rápido. Aparecen sin preámbulos, omitiendo cualquier tipo de cortesía, proyectando un desprecio impostado que no es más que el refugio de su propia mediocridad. Se presentan presumiendo de mazmorras y catálogos de cuero, como si el mobiliario o el equipo les otorgara el derecho a tratar a las mujeres como mobiliario prescindible o simples receptáculos de su ego.

Esa urgencia por controlar, sin haber construido un ápice de confianza, delata que no buscan una dinámica de poder, buscan una vía rápida para saciar sus carencias sin tener que esforzarse en la conexión. Creen que el mando consiste en escupir órdenes y alardear de herramientas, ignorando que la verdadera autoridad es una energía que se sostiene con responsabilidad, integridad y una lectura impecable del otro.

Esos que desaparecen cuando la sesión concluye, los que ignoran el cuidado posterior y los que confunden ser estricto con ser un maleducado, son los mismos que ensucian el concepto de entrega. La sumisión es un privilegio, un depósito de confianza que a estos "jerarcas" les queda inmenso.

Menos fotos de cuartos oscuros, de ropa interior abultada y más madurez emocional. Porque al final, detrás de tanto accesorio y tanta pose de señor oscuro, lo único que queda es un tipo con una alarmante falta de clase. 

sábado, 18 de abril de 2026

BDSM sin candados

A menudo me cuestiono si es realmente necesario camuflar nuestras fantasías o esa identidad BDSM que nos define. Si partimos de la base de que es algo consensuado y que nos aporta plenitud, ¿por qué bajar la voz al mencionarlo?

Pienso que la respuesta no es un sí o un no absoluto; se trata, más bien, de un equilibrio delicado.

Históricamente, se nos ha grabado a fuego que cualquier vivencia fuera de la norma debe confinarse de puertas a dentro. Existe cierta razón en eso, la privacidad es un refugio necesario. Hay rincones de nuestra piel y parcelas del pensamiento que no tienen por qué ser de dominio público. No nace de la vergüenza, sino de entender que nuestra intimidad es un tesoro que solo entregamos a quien nosotros elegimos.

Sin embargo, hay una frontera peligrosa entre la reserva y el estigma del secreto.

Ocultarse pesa. El silencio impuesto te hace creer que algo en ti está quebrado, cuando la realidad es que el BDSM, habitado con consciencia, es una de las experiencias más honestas y profundamente humanas que existen. Protegerse del juicio ajeno es comprensible, pero vivir bajo el miedo constante a ser descubierto resulta agotador.

Entiendo que no tienes la obligación de portar una bandera si no te nace, pero tus deseos jamás deberían sentirse como una mancha. No es imperativo "salir del armario" ante la sociedad entera, pero sí es vital hallar espacios seguros, en la complicidad de una pareja, un círculo de confianza o una comunidad, donde sea posible abandonar la máscara y respirar.

Al final, no resguardamos nuestras ideas porque sean erróneas, sino porque el entorno, a menudo, carece de la profundidad necesaria para comprenderlas. Pero aquí, entre nosotros, no hay nada que esconder.

martes, 24 de marzo de 2026

Plegaria sin oración

 


En algún lugar del tiempo, una llama lleva tu nombre.

Es un pedazo de mí buscándote allí donde el mapa se vuelve azul y profundo. Mientras la luz se despereza, cierro los ojos y te envío su calor a través del mar. Quiero que sientas cómo te envuelve, cómo te devuelve la paz cuando la vida pesa y cómo te inyecta esa fuerza silenciosa que solo nace del cariño verdadero.

Prendo esta luz para que el tiempo deje de ser una cuenta atrás y se transforme en un horizonte infinito; para que los días no se nos escapen, sino que se ensanchen, dándote permiso para disfrutar, para respirar hondo y para explorar con cada poro de tu piel.

Y mientras esta vela arda, aquí estaré yo, sosteniendo el fuego para que tu esperanza no se apague, para que continúes, para que vibres y para que cada mañana sea otra mañana.

Cruzo el océano en un destello solo para decirte que estoy contigo.

Abrazo de amor infinito.

viernes, 20 de marzo de 2026

Sin filtros


Odio el consuelo que no encuentro, las frases hechas y los rayos de sol. Odio este aire que me pesa, las nubes que me estorban y la primavera que asoma; me parece un insulto, una fiesta a la que no quiero asistir mientras se desmoronan mis afectos.

Odio la impotencia. La odio con una rabia que me nace en el centro del pecho y se expande hasta dejarme sin aliento. Odio que el corazón se me encoja de esta manera, recordándome mi propia fragilidad. Pero, sobre todo, odio la distancia que nos mantiene alejados y la falta de control que me asfixia.

Daría lo que fuera por agarrar la existencia por los bordes, sacudirla y darle la vuelta hasta que el azar se pusiera de tu parte. Te mereces una oportunidad que no llega, un respiro que se te niega, y yo me quedo aquí, con las manos vacías, viendo cómo te enfrentas a una encrucijada que me desgarra el alma.

Odio saber que te voy a perder. Odio con toda mi alma aceptar que, demasiado pronto, dejaremos de hablar; que tu risa y tus bromas serán solo ecos en mi memoria. Me enfurece que gane la muerte, que se salga con la suya y me deje aquí, sin ti.

Odio no poder ser tu escudo. Odio que el amor, a veces, sea tan desesperadamente inútil para cambiar lo que sucede. Odio un destino que no acepto. Odio que este tablero de mierda esté del revés, y odio a la vida por permitirlo.

Estoy devastada.

lunes, 9 de marzo de 2026

Balcones de la adolescencia

Todo empezó a los diecisiete, cuando la vida se medía por la distancia que unía mi balcón con el del bloque de enfrente. Yo estaba en COU, perdida entre apuntes de Selectividad, mientras en el edificio de delante unos chicos de Bailén estudiaban Aparejadores. Así conocí a Paco. 

Las noches de estudio acabaron convirtiéndose en confidencias, horas robadas al sueño, locuras inocentes… y pronto las charlas desde los balcones se quedaron cortas. Bajamos a la calle, formamos pandilla y su piso se transformó en nuestro refugio. Recuerdo el olor a papel vegetal, las reglas de dibujo y las tardes infinitas jugando a las cartas. Paco me fascinaba; tenía chispa, pero también novia. Yo me contentaba con tenerlo cerca, disfrutando de sus ocurrencias entre manos de tute y risas compartidas, guardando silencio para no romper el hechizo. 

El curso terminó, el mundo siguió adelante y la distancia, como suele hacer, se ocupó del resto. Dejamos de vernos. 

Dos años más tarde, el azar decidió hacer de las suyas en un centro comercial. Al cruzarnos, la inercia del pasado pesó más que el olvido. Intercambiamos teléfonos, y lo que en la adolescencia fue un deseo contenido estalló en encuentros furtivos. Ya no había enamoramiento, el corazón no latía con aquella urgencia desbocada, pero persistía una atracción física que pedía ser saldada. Eran citas sin promesas, simplemente porque nos gustábamos y porque podíamos. 

Hasta que un día, el círculo decidió cerrarse donde todo comenzó, en un balcón. Habíamos quedado, pero yo ya no era la misma. Me asomé a la barandilla y lo vi allí abajo, esperando en la acera. En ese instante, el móvil empezó a vibrar. Miré la pantalla, después a él en la distancia, y finalmente volví la vista hacia el interior de mi casa. Algo se había apagado. No respondí. Permanecí inmóvil, observando cómo, tras varios intentos, se alejaba. Hubo más llamadas, más esfuerzos por rescatar lo que se deshacía, pero mis evasivas terminaron por imponerse. No hicieron falta despedidas, dejé que el tiempo, el mismo que nos unió en aquel balcón, se encargara de borrarnos para siempre.

jueves, 5 de marzo de 2026

Vientos de añoranza

Volveré a casa, porque la sal no perdona y el magma conserva una memoria obstinada que late, ligera, incluso a kilómetros de distancia.

Regresaré cuando el viento, ese alisio eterno que acaricia el lomo de las cumbres, me traiga el rastro del incendio primigenio que nos dio la vida,  el aroma a piedra calcinada y a eternidad que solo quienes somos hijos del volcán sabemos descifrar.

Seguiré el hilo de la espuma, encaje salino que el océano teje contra los acantilados, hasta reconocer el pulso mineral del basalto y del malpaís, custodios de un calor que sobrevive mucho después de que el sol se hunda en su sueño.

Pertenezco a ese territorio, geográfico y emocional, donde el Atlántico se rinde ante la costa, y la lava , doblegada por los siglos,  se transfigura en arena. Mi identidad se forjó en esos contrastes, la severidad de la roca frente a la caricia del mar; el silencio de los barrancos infinitos que invitan al recogimiento frente al estruendo incesante de una rompiente.

Regresaré a buscar mi sombra perdida entre las palmeras, centinelas que custodian mi infancia. Buscaré el socaire de los muros de piedra, para que el aire yodado me devuelva la voz que en la península se fue apagando.

Me sumergiré de nuevo en ese azul eléctrico —cristalino, gélido y salvaje— que purifica todo lo superfluo. Bajo la superficie volveré a ser la criatura de roca y algas que nunca dejó de habitarme, entregándome sin resistencia a la marea.

Porque mi patria es un fragmento de fuego rodeado de agua, refugio de dunas nómadas y horizontes que obligan a soñar.

Volveré a casa, porque el océano me reclama. Mi raíz, aunque hoy parezca marchita, sigue haciendo sorriba en mi pecho, bebiendo en secreto de la misma orilla que me vio nacer y aguardando el instante de florecer, una vez más, en mi isla.

martes, 3 de marzo de 2026

Habitar el frío

Empieza en el pecho.

Un brusco descenso de la temperatura que no avisa y, de pronto, lo tiñe todo de un gris pálido. Un vacío que calcina por dentro, que despoja de la seguridad y nos abandona a la intemperie. En ese instante, la firmeza se desvanece, el suelo se vuelve blando, inconsistente, y cada intento de avanzar o recuperar la compostura se convierte en un lento hundimiento.

Da miedo. Nos aterra comprobar que somos tan frágiles, que cualquier roce podría deshacernos. Por eso buscamos ruido, incendios ajenos o refugios prestados, cualquier cosa que nos devuelva el recuerdo de un calor pasado. Pero el invierno interno no se negocia. Se queda ahí, esperando a que dejemos de forcejear, a que olvidemos la urgencia de resistirnos.

Y dejas de pelear.

No finges estar de pie. Aceptas que eres esa gelatina que se escurre, y entonces el estruendo se apaga. El frío deja de ser algo que te ataca para convertirse en aliado, una superficie calma donde ya no hace falta dar explicaciones ni sostener ninguna forma.

No busques la salida todavía.

Quédate un poco más en este paisaje desnudo. A veces hace falta que todo se congele para poder ver, por fin, qué hay debajo. No necesitas tierra firme para no hundirte; solo recordar que tu propio latido es lo único que nunca deja de acompañarte.

miércoles, 18 de febrero de 2026

La orfebrería frente al óxido

Confieso que sigo aquí, alimentando este espacio, por una cuestión de resistencia personal. Sentarme frente a la página en blanco no es un acto de comunicación, es una forma de insurrección ante la rutina, ante el esfuerzo físico y mental de quien se niega a que el tiempo, la desidia o la ausencia oxiden su capacidad de crear.

Escribir es, para mi, una disciplina semejante al entrenamiento del náufrago que pule su balsa cada día. No lo hace porque espere el rescate, sino porque ese gesto es lo que le mantiene cuerdo.

Soy consciente de que habito en un vacío, despojada de las personas que antes daban eco y refugio a mis pensamientos. Pero, en esa soledad, el ejercicio se vuelve más puro, más verdadero. Mi empeño aquí es el de una orfebre de la voluntad, cada día me detengo a componer, deshacer e hilvanar, a tirar de un hilo invisible que, a veces, se enreda en la memoria y, otras, se quiebra en seco, obligándome a borrar, a desandar lo trazado y a recomenzar desde la herida o el fracaso.

No escribo para el algoritmo. Escribo para desgranar historias y conseguir que encajen con precisión en el hueco de mi corazón. 

Cada párrafo que acuno en mi mente, cada adjetivo que arropo con mimo, cada verso que reconozco como mío, son pequeñas victorias —íntimas, silenciosas— contra el entumecimiento del espíritu.

Confieso que sigo aquí porque, mientras sea capaz de refugiarme del frío, envuelta en letras, merecerá la pena permanecer en un cálido, mullido y solitario yo.


martes, 17 de febrero de 2026

Rastro invisible

Qué curioso este peso que, poco a poco, deja de serlo. Lo percibo en la yema de los dedos, una vibración que antes era palabra y ahora es solo el eco de una intención. Escribo, pero las letras ya no aterrizan, quedan suspendidas, burbujas inconsistentes en un aire que ya no las soporta.

Me conmueven mis bordes al derretirse. No hay dolor en esta pérdida, solo una ingravidez que me deshilacha por dentro. El lenguaje se evapora, transformado en una niebla pegajosa que ha olvidado el modo de nombrar las cosas. ¡Qué inútil sería intentar sujetarme ahora!, querer atrapar, con las manos desnudas, el vaho disolviéndose en un espejo.

Me estoy volviendo transparente. Puedo ver el fondo de la página a través de mi propia voz. Ya no hay centro, solo una expansión lenta hacia los márgenes, un deshacerse rítmico y constante. Soy  humo, un dibujo gris que se enrosca en el cuaderno, pierde su figura y, finalmente, se entrega al vacío.


Casi no... me... siento...

jueves, 12 de febrero de 2026

De rodillas, tus palabras

No busques una pausa, no la encontrarás. Esto no es una conversación, tu opinión fue anulada antes siquiera de que intentaras formularla. He decidido que ya no aportas nada y he venido a ocupar cada centímetro de este espacio con una voluntad que no admite réplica.

La cortesía es el refugio de los débiles y no tengo tiempo para concederte un turno. Hablar es un privilegio que acabas de perder, y, mientras balbuceas excusas, yo ya he tomado el control.

No te voy a dejar hablar, tu voz me estorba y no pienso tolerarla. No vas a seguir refugiándote en esa comodidad pasiva donde crees que tu presencia importa. Aquí no hay espacio para dos, solo existe una idea, una dirección y una ejecución que te sobrepasa sin pedir permiso.

Si esperabas clemencia o un instante para respirar, te has equivocado. El aire que consumes ahora es mío, y las reglas las dicto yo, mientras ves cómo se disuelve tu relevancia.

Se acabó el tiempo de las concesiones y de la falsa diplomacia, solo queda el impacto de mi palabra, la nada que dejas al callar.

lunes, 9 de febrero de 2026

Complacencia

incluso en esos momentos 

en el que la noche aburre con su oscuridad,

en esos días que parecen caerse de la cama,

te quedas ahí,

en la costura abierta de las horas,

donde la calle sigue

pero tú ya no la empujas.


Complacencia, esa trampa silenciosa en la que caemos cuando confundimos la generosidad con la incapacidad de decir "basta". A menudo nos convencemos de que ceder es una muestra de bondad, pero en realidad estamos desdibujando nuestra esencia solo para encajar o evitar fricciones. No se puede vivir persiguiendo una validación que nunca llega a saciarnos, usando el "sí" como un escudo para que nadie se incomode mientras, por dentro, nos asfixiamos en compromisos no deseados y palabras que reprimimos.

Vivir para cumplir los anhelos ajenos tiene un precio que siempre pagamos con nuestra propia paz. Es esa sensación invasiva de que las prioridades personales deben esperar al final de una lista interminable. No se trata solo de falta de carácter, es una forma de decirnos que no somos importantes y que nuestro equilibrio depende del humor o la aprobación externa. 

Esta dinámica termina por convertirnos en extranjeros en nuestra propia existencia. Al final, soltar ese lastre es comprender que nuestro valor no reside en cuánto nos sacrifiquemos para que el resto esté cómodo. No se trata de levantar muros, sino de trazar el límite donde terminan las exigencias de los demás y comienza nuestro espacio. Desde esa transparencia, sin el lastre de agradar a toda costa, aparecen los vínculos que realmente valen la pena, esos que no exigen anularte para aceptarte. 

jueves, 5 de febrero de 2026

Pulsión

Hay un latido oculto tras la densa corteza de la granada, un pulso secreto que aguarda en la penumbra. Al quebrarse, la pulpa se derrama como almíbar carmesí que custodia el misterio de los ciclos eternos. Beberlo es participar del rito ancestral de la muerte y la resurrección; cada gota, un suspiro que navega por aguas de cristal hacia el centro mismo de nuestra sed.

Es una memoria de las raíces que me ata a la tierra al probar su sangre dulce. Cada sorbo me transporta a la dualidad de la existencia, el invierno letárgico frente a la primavera vibrante, la sombra profunda que precede al despertar de la luz. Es el puente donde lo que muere bajo la superficie se prepara para volver a nacer.

En el refugio del silencio, el tiempo se aquieta y lo inefable toma forma, el fruto deja de ser alimento y se convierte en arquitectura. Así es su esencia, una caricia dulce que tiñe los dedos y la memoria con persistencia sagrada. Me recuerda que la belleza más pura siempre conserva un rastro de melancolía, no como ruina, sino como certeza de que todo lo hermoso es efímero. 

Y me enseña que la vida está hecha de esa misma sustancia, cientos de arilos latiendo bajo una misma envoltura, resguardados hasta el instante del estallido y la entrega. 


lunes, 26 de enero de 2026

El trono de los escombros

Hay un estrado de juicio sumario,

donde la frase destila veneno.

El odio es pan y el rezo diario

que busca aplauso en asco ajeno.

Aquella integridad, cristal quebrado,

estorbo vil que estalla en la vía.

En este mundo, ya destrozado,

se masca con saña la hipocresía.

Qué fácil resulta destruir al que disiente,

usar amenazas cual único plan.

Muere la ética, se apaga la mente,

mientras los perros su rabia tendrán.

Su orgullo es un festín de calavera,

donde el insulto celebra la herida.

Se apaga la luz, última hoguera,

bajo una lengua de sed desmedida.

No hay victoria en nombre pateado,

ni el ruido constante otorga la gloria.

Reinar en el lodo es lo único logrado,

un triunfo podrido...miseria en la historia.

jueves, 15 de enero de 2026

¿Lluvia? No, gracias

Existe una narrativa romántica sobre los días lluviosos. Nos los venden como el escenario perfecto para la calma, la introspección con el relajante sonido del agua contra el cristal. Es una imagen idílica... para algunos...

Para mí la lluvia no es un refugio, sino un estorbo; una pausa forzada que interrumpe el ritmo de mis días y la energía que me define. Donde otros ven poesía, yo solo encuentro la incomodidad de una mañana interrumpida. La sensación de la humedad calando la ropa se convierte en el recordatorio constante de que la ciudad ha perdido su calidez. No hay magia en ese cielo encapotado que, como un ladrón, devora la claridad para sumir el ambiente en una melancolía gris y artificial.

Prefiero mil veces la vibrante nitidez de un día despejado que la quietud forzosa de una tarde de tormenta. Mi ánimo no se carga con el tintineo de las gotas, sino con luz; esa fuerza solar que promete movimiento, apertura y la simple, pero poderosa, alegría de un horizonte sin nubes.