jueves, 5 de marzo de 2026

Vientos de añoranza

Volveré a casa, porque la sal no perdona y el magma conserva una memoria obstinada que late, ligera, incluso a kilómetros de distancia.

Regresaré cuando el viento, ese alisio eterno que acaricia el lomo de las cumbres, me traiga el rastro del incendio primigenio que nos dio la vida,  el aroma a piedra calcinada y a eternidad que solo quienes somos hijos del volcán sabemos descifrar.

Seguiré el hilo de la espuma, encaje salino que el océano teje contra los acantilados, hasta reconocer el pulso mineral del basalto y del malpaís, custodios de un calor que sobrevive mucho después de que el sol se hunda en su sueño.

Pertenezco a ese territorio, geográfico y emocional, donde el Atlántico se rinde ante la costa, y la lava , doblegada por los siglos,  se transfigura en arena. Mi identidad se forjó en esos contrastes, la severidad de la roca frente a la caricia del mar; el silencio de los barrancos infinitos que invitan al recogimiento frente al estruendo incesante de una rompiente.

Regresaré a buscar mi sombra perdida entre las palmeras, centinelas que custodian mi infancia. Buscaré el socaire de los muros de piedra, para que el aire yodado me devuelva la voz que en la península se fue apagando.

Me sumergiré de nuevo en ese azul eléctrico —cristalino, gélido y salvaje— que purifica todo lo superfluo. Bajo la superficie volveré a ser la criatura de roca y algas que nunca dejó de habitarme, entregándome sin resistencia a la marea.

Porque mi patria es un fragmento de fuego rodeado de agua, refugio de dunas nómadas y horizontes que obligan a soñar.

Volveré a casa, porque el océano me reclama. Mi raíz, aunque hoy parezca marchita, sigue haciendo sorriba en mi pecho, bebiendo en secreto de la misma orilla que me vio nacer y aguardando el instante de florecer, una vez más, en mi isla.

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