Me has dejado, vale.
Se supone que ahora debería ser una doliente enlutada,
vagar por las calles bajo la lluvia con aire etéreo
y tener la mirada de un bichillo abandonado.
Pero la realidad es mucho más cutre
me duele el pecho, sí,
pero será por esta obsesión de respirar hondo
para ver si encuentro el hueco sordo del que todos hablan
y solo nace un bostezo que no termina de salir.
Qué humillante es que mi gran tragedia
se resuma en que ahora me sobra tiempo
para contar las gotas que caen del grifo
o para reordenar mis fotos por orden de esperanza.
El universo sigue girando,
la gente compra el periódico,
el vecino sigue arrastrando muebles...
y yo aquí, dándole una importancia cósmica
al dilema de si cambiar las sábanas o el alma.
Es ridículo.
Mi corazón está roto, dicen.
Y tal vez sea verdad,
porque la otra noche, al apagar la luz,
juro que el silencio
parecía latir un poco más despacio.
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