No me pertenece el aire
si Tu boca no lo dicta.
Soy el eco que se pliega
al rigor de la garganta.
Si detienes el paso,
mi existencia se disuelve;
si caminas, soy el polvo
que se inclina bajo Tu sombra.
Marcas la cadencia,
el golpe seco, el latido.
Me convierto en cuerda tensa
que aguarda Tu palabra.
No hay rincón en mi sangre
que no alumbre Tu nombre,
que no se encienda trémulo
al roce de Tu presencia.
Que Tu voluntad sea el surco
donde mi vida se siembra;
que mi libertad sea el nudo
de saberme cautiva.
Haz de mi vida un templo,
de mi entrega, la calma.
No busco ser otra cosa
que el pulso que Te sigue.
Que al mirarme, reconozcas
el fruto de Tus enseñanzas.

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