Me muevo en el filo del día,
sobre la médula negra del crepúsculo.
Rastreo la trama sorda,
el vaho de un radar visceral.
Sin plumas.
Solo el látigo de un cuero ciego
que lacera el aire,
tatuando estigmas en la tiniebla.
Volar tras el murciélago
es morder el borde del vacío,
incrustarse en las grietas
donde la luz se gangrena.
Es un pulso fúnebre,
un espasmo que anuda raíces de pánico;
ahí donde la noche ya no es muro,
sino una llaga que se ofrece como guía.
Persigo ese latido ponzoñoso,
esa sed de insecto y de fosa,
mientras el mundo se descompone.

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