lunes, 9 de marzo de 2026

Balcones de la adolescencia

Todo empezó a los diecisiete, cuando la vida se medía por la distancia que unía mi balcón con el del bloque de enfrente. Yo estaba en COU, perdida entre apuntes de Selectividad, mientras en el edificio de delante unos chicos de Bailén estudiaban Aparejadores. Así conocí a Paco. 

Las noches de estudio acabaron convirtiéndose en confidencias, horas robadas al sueño, locuras inocentes… y pronto las charlas desde los balcones se quedaron cortas. Bajamos a la calle, formamos pandilla y su piso se transformó en nuestro refugio. Recuerdo el olor a papel vegetal, las reglas de dibujo y las tardes infinitas jugando a las cartas. Paco me fascinaba; tenía chispa, pero también novia. Yo me contentaba con tenerlo cerca, disfrutando de sus ocurrencias entre manos de tute y risas compartidas, guardando silencio para no romper el hechizo. 

El curso terminó, el mundo siguió adelante y la distancia, como suele hacer, se ocupó del resto. Dejamos de vernos. 

Dos años más tarde, el azar decidió hacer de las suyas en un centro comercial. Al cruzarnos, la inercia del pasado pesó más que el olvido. Intercambiamos teléfonos, y lo que en la adolescencia fue un deseo contenido estalló en encuentros furtivos. Ya no había enamoramiento, el corazón no latía con aquella urgencia desbocada, pero persistía una atracción física que pedía ser saldada. Eran citas sin promesas, simplemente porque nos gustábamos y porque podíamos. 

Hasta que un día, el círculo decidió cerrarse donde todo comenzó, en un balcón. Habíamos quedado, pero yo ya no era la misma. Me asomé a la barandilla y lo vi allí abajo, esperando en la acera. En ese instante, el móvil empezó a vibrar. Miré la pantalla, después a él en la distancia, y finalmente volví la vista hacia el interior de mi casa. Algo se había apagado. No respondí. Permanecí inmóvil, observando cómo, tras varios intentos, se alejaba. Hubo más llamadas, más esfuerzos por rescatar lo que se deshacía, pero mis evasivas terminaron por imponerse. No hicieron falta despedidas, dejé que el tiempo, el mismo que nos unió en aquel balcón, se encargara de borrarnos para siempre.

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