Invisibles son las manos
que envuelven con caricias el resto
de palabras.
Esas que no cupieron en la boca
y ahora se desmigajan en el aire
como un pan de silencio,
frases sueltas que han perdido el imán
de la sintaxis.
Hay un tacto ciego que las recoge,
un pulso que no necesita nombre
para sostener lo que el labio dejó caer
por peso.
Es en esa intemperie,
lejos del lenguaje útil y del adorno,
donde el balbuceo se vuelve refugio
y lo que no se dijo
encuentra quien lo resguarde.

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