martes, 10 de marzo de 2026

El perfume de la bergamota


La luz muere porque tú lo ordenas.
No hay caricias, el rastro de la fusta es el único lenguaje que permites.
El aire se raja con el impacto y esa acidez intensa me invade los poros,
un frío estriado que huele a herida expuesta y a mordaza.
Mi voluntad no pasó de la puerta.
Ahora soy el eco de la tuya y del rastro punzante que me enciende.
Esa esencia se mezcla con el cuero negro,
un contraste que muerde la piel, que me asfixia, que me llena.
En este altar de sombras dejo de existir.
Soy un cuerpo que llega tarde a sus propios sentidos.
Someto mi olfato a tu estela de acero,
al aceite volátil que el látigo escupe en cada golpe.
Eres el dueño de cada partícula que respiro,
la chispa amarga que convierte el dolor en mi única certeza.
Tápame la boca. Bébeme el grito.
Que ese aroma a cáscara estrujada sea el único suelo que pisen mis rodillas.
En esta oscuridad, no hay nada más
solo tu mando, mi carne y ese rastro que me marca.

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