destello tenue nacido en el vientre,
oro filtrado entre las manos
antes de que el mundo sea incendio.
Se derrama el azul,
profundo y eléctrico cual mar nocturno,
esa calma tensa previa al rayo,
compás pausado de dos respiraciones.
Brotan los verdes,
selva viva creciendo en cada caricia,
fertilidad de dedos y labios
trazando rumbos sobre las curvas ajenas.
Estalla el rojo,
fuego ciego, puro brillo,
pulso constante trepando por las caderas
hasta borrar los bordes de la realidad.
Y emerge el violeta,
frontera sagrada de un cuerpo rendido,
abismo dulce sin nombres,
fulgor absoluto de un eclipse compartido.
Al final, el blanco,
total, radiante, infinito,
silencio limpio suspendido en el aire
cuando el resplandor descansa y todo es gemido.

















