deja que el agua arrastre
los escombros de esta fiebre.
No me mires al marcharte.
Borra la sal de mi costado
y desata, de una vez, esta urgencia de estar atados.
Ya no persigo la luz de tus hogueras.
Me quedo con el frío limpio del invierno,
lejos del caos que sembraste en mi calma.
Y sigo.
Sin ruido.
Sin nada que me ate.
Prefiero la intemperie
a la condena tibia de tu abrigo.
Mi boca ya no busca tu veneno,
hoy, elijo el vacío.
Hoy, me condeno
a salvarme,
por fin,
de tu presencia.





















