Sigo aquí,
custodiando el sitio donde se detuvo el tiempo,
esperando que deshagas el nudo de lo incierto.
Sentada frente a la nada,
habitando un silencio que no es calma, sino resistencia.
Paciente. Callada.
Luchando contra el peso de mis lágrimas,
por no ahogarme en mi propia angustia.
Alrededor, el mundo contiene el aliento;
flota en una pausa densa,
como si el aire temiera astillarse con mi pensamiento.
Cada segundo tiene un volumen nuevo,
un peso que se hunde en mi pecho.
Mis pensamientos chocan, convulsos,
contra la pared del no saber,
buscando una grieta, una salida, una luz.
Y aun así,
permanezco con los brazos rendidos
y el alma en vilo,
aguardando las palabras que lleguen, por fin,
a quebrar este invierno que se me ha instalado dentro.