Tus dedos desmenuzan la corola
con la lentitud precisa
de quien abre un nocturno.
No arrancas pétalos, tientas marfiles blandos
que se rinden al ardor de tu yema
hasta volverse harina de lluvia.
Cada latido libera una nota invisible,
la escala de la flor se difumina,
es un deshoje rítmico, una música que se licua.
La piel se vuelve dócil, acústica,
desintegrándose en un polen de escarcha
donde el deseo y la luz se confunden.
Se extinguen las notas, se vuelven residuo,
deslizándose por el relieve de tu tacto
hasta que el piano desaparece.
Ya no hay sonido, solo un reflejo que fluye.
La melodía se repliega en tu aliento,
mientras la caricia tiembla,
sosteniendo el silencio absoluto
de lo que fue armonía antes de ser agua.