El ojo de la infancia bizquea,
fijo en el extremo donde la luz
se convierte en arcoíris.
Una mirada que se desarma en belleza
y la corta en rodajas de sandía colorá.
La silueta del ayer baja por la cuesta.
Corriendo, volando,
brazos rígidos, lágrimas de viento.
No hay arriba ni abajo,
la felicidad es una cuerda floja,
un ensueño con textura de algodón,
una danza de perfiles que chocan entre sí.
La cama aguarda en la penumbra,
mientras un pincel rasga el aire de verano.















