Quedó tu nombre pegado a los días tibios,
cuando las horas, vibrantes, eran una promesa.
Hoy miro al ayer, sin llamarte, sin verte,
tan solo por recordar los ecos de esa risa
que dejamos atrás.
Fuiste la luz de un atardecer que tardó en morir,
una fiebre densa y extraña que estrangulaba mi piel.
Después, el destino nos rompió, olvidó las ensoñaciones.
El reloj nos arrastró a cada uno por su lado.
No te guardo rencor, no siento nostalgia.
No queda mucho en pie de nuestro paso,
Tal vez el verso torcido de una mala decisión,
o el refugio a ciegas donde nos perdimos.
Duerme en paz lo que fue, intacto y sereno,
como un sol que se apagó sin hacer ruido.
Los años seguirán su marcha, firmes, ajenos,
y sobre mí quedará la huella suave de lo que fuimos.














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