Si pudiera viajar en el tiempo y contarle a mi yo de 17 años que me encantan los musicales, seguramente me miraría con esa mezcla de escepticismo y desdén que solo se tiene a esa edad. En aquel entonces, me resultaba inconcebible, me parecía absurdo que, en el clímax de una discusión o en un momento aleatorio, alguien decidiera romper la lógica del guión para ponerse a cantar. "Nadie hace eso en la vida real", pensaba con una soberbia que hoy me hace sonreír. En resumen, para mi eran un tostón.
Sin embargo, la vida tiene formas muy curiosas de desarmarte. En mi caso, el cambio vino a través de los sonidos que empezaron a habitar los pasillos de mi propia casa.
Casi sin darme cuenta, mi día a día se llenó de ensayos, de partituras abiertas sobre la mesa y de esa disciplina invisible de quien se prepara para dar vida a un escenario. Al principio, eran solo ruidos de fondo, fragmentos de canciones que se colaban por debajo de las puertas. Pero, con el tiempo, algo en esa dedicación ajena empezó a ablandar mi propio juicio. Ver cómo alguien a quien amas pone el alma en cada nota te obliga, inevitablemente, a escuchar con otros ojos.
Empecé a entender, a través de esa cercanía, que los musicales son el refugio de quienes necesitan decir lo indecible. Y lo mejor es que nos conecta, nos hace cómplices por unas horas.
Aquella joven que fruncía el ceño hoy sonríe en silencio, agradecida de que la música encontrara la manera de entrar en su vida a través del corazón de ese niño/hombre que a veces me deja sentir su latido.
















