Flotan en el aire
espirales de humo,
estelas cautivas
que el cristal retiene
en su exilio mudo,
tras el frágil cierre
de una ventana.
Edredón sin alma
que susurra la explosión vibrante,
tibio, mojado, revuelto,
en su intermitencia,
desangrándose el pulso
mientras vuelve la calma.
Se respira una lenta fatiga,
liberado el nudo de nuestros cuerpos.
Escapan los latidos
como fieras heridas,
en un flujo errante
de ecos vacíos,
voces que entran y salen del pecho,
buscando el rastro
de tu saliva en mi memoria.