Sin amarras,
sin ataduras,
fundidos por un latido profundo.
Un solo cuerpo,
cuatro sombras paralelas
navegando al unísono.
El viento acechaba nuestras manos,
queriendo desunirlas,
pero solo conseguía
arrojarnos con brío
los unos hacia los otros.
Infancia con aroma a salitre,
a guarida de puertas cerradas,
bastión contra el rugido del mundo.
Extramuros,
el aire tañía con furia;
dentro, la calma era nuestra.
Fuimos, somos,
un racimo apretado
bajo el cenit de la isla.
Un lazo fiel,
inmune a las distancias,
tejidos por la misma sangre.
Es el código secreto
que solo los cuatro
desciframos.
Una hebra invisible
que sobrevive a los embates
y nos llama siempre de regreso.
Aunque el tiempo
difumine los antiguos contornos,
seguimos en esa esquina del antes,
sosteniéndonos,
avanzando todavía juntos
por las arterias de la memoria.









