la gota sostiene el último aliento
de las seis.
Quince minutos después,
el oro se ha vuelto cobre,
el sol se hunde tras el tejado
y el frío empieza a brotar.
A media tarde ya no brilla;
es una lente apagada
que se funde con el cielo gris del aire.
Un cuarto de sombra más
y apenas tiembla un hilo pálido.
Cuando el reloj da en punto,
la luz se ha dormido profunda.
La gota sigue colgada en el otoño,
aunque solo reparas en ella
si la oyes caer.






