Entra de nuevo el gran ilusionista,
el que bajó de la Luna a comprar niebla,
el que domó la lluvia con un gesto
y convenció al sol de salir por la noche.
Dice que inventó el azul una tarde de sexo,
que el Vaticano le paga el alquiler
para que no revele lo que el Papa sueña
cuando se confiesa consigo mismo.
Miradlo ahí, haciendo del rojo puro morbo,
jactándose que el océano es su bañera
y que las montañas solo sus almohadas
de un mundo que le sirve de tendedero.
No reclama su imperio por estética,
no quiere humillar al resto
con el brillo de sus castillos en el aire
ni con la sombra de lo que aún no ha inventado.
Nosotros somos solo errores de imprenta
en el guion de su vida extrema y trasnochada,
tachones mal borrados en la esquina de su ego,
notas al pie que nunca lee en voz alta.