Permanezco postrada en el suelo,
soy la sombra que acepta su lugar.
No levanto la vista, mis ojos
encuentran el contorno de tus pies,
ese límite de un mundo que no puedo gobernar,
porque sé que mirarte de frente
es un privilegio que solo tú concedes.
Mi cuerpo busca desvanecerse
en el espacio que me has asignado.
Una entrega silenciosa, vegetal,
que aguarda el sonido de tu voluntad.
Tú posees el saber, yo lo he cedido.
No hay voz en mis labios,
ni exigencia, ni ruego.
Si callas, el silencio me envuelve;
si me corriges, mi postura se pliega.
Complacerte es devoción callada.
Me basta con percibir en tu gesto,
esa calma soberana de quien sostiene las riendas,
para sentir que he justificado mi existencia.
Me disuelvo en ti sin condiciones.
Si decides llamarme, acudiré a tu regazo.
Lloraré sin que el llanto altere tu paz,
con una honda gratitud por tus atenciones.
Ya no me pertenezco.
Soy la quietud de la hiedra que se rinde a la piedra,
una huella difusa que el viento no borra,
una propiedad con nombre que surgió de tu dominio.
.jpg)















.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)

