Es innegable que el Mediterráneo es un mar doméstico y protector, que invita a la calma y a flotar sin prisa. Sin embargo, siento cierta nostalgia al contemplarlo. Mi mirada, habituada a otra intensidad, busca algo que allí no existe; extraño el azul cobalto, denso y oscuro que solo pertenece al océano abierto. Y es que, indudablemente, el Mediterráneo relaja, pero es el Atlántico el que, con solo sentirlo, me produce una punzada de sonrisa en el corazón.
Viajar por ambos mundos es constatar que la belleza marina no tiene una sola definición. El Mediterráneo es una acuarela perfecta con tonos aguamarina, fondos claros y olas que apenas murmuran al lamer la arena, un paraje para contemplar desde la orilla. En cambio, el Atlántico es un óleo cargado de fuerza. Su color, como drama potente, intimida y fascina a la vez. Esa oscuridad es el reflejo de un gigante cuyas corrientes dispersan la luz de una forma única, creando un espectáculo visual imponente.
Para quienes hemos crecido en las islas, el mar es nuestra dosis de energía. Se respira vibrante mientras la salitre se pega a la piel, se siente en el rugido del oleaje rompiendo contra los cortados volcánicos.
El Mediterráneo es un viaje hermoso que deleita el espíritu, el Atlántico es inmensidad, libertad, un grito salvaje que me cimbrea los huesos.















