Los bares van de noches que te salvan la semana en cinco minutos, o de noches que se te escapan de las manos sin que te des cuenta.
Por eso, quedar en el rincón de costumbre produce ese punto de cosquillas en las entrañas como antepuerta al gozo. Llegar, pedir la primera ronda y soltar, por fin, el aire y la sonrisa que llevas guardados. Encender ese cigarro que sabes que te fumarás a medias en la puerta, tiritando de frío pero arreglando el mundo con alguien, mientras dentro el jaleo te aturde los oídos.
En el bar te sientas, te pones al día y, de pronto, saltas del drama a una carcajada de esas que te hacen llorar, sin filtros, con escándalo. Porque de eso se trata, de copas que se acumulan en la mesa, de un camarero que te conoce el gesto y de juergas que empiezan con un "una y a casa" y terminan de madrugada, enganchando la noche con el día.
"Nos vemos en los bares" es un plan infalible. Un pacto para mandar la rutina a la mierda durante unas horas. Por eso reivindico las juergas y los bares; para que los secretos menos confesables y los abrazos más apretados nos pillen siempre así, con un vaso en la mano, humo alrededor y la euforia del inicio de la borrachera.


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