lunes, 9 de marzo de 2026
Balcones de la adolescencia
domingo, 8 de marzo de 2026
jueves, 5 de marzo de 2026
Vientos de añoranza
Volveré a casa, porque la sal no perdona y el magma conserva una memoria obstinada que late, ligera, incluso a kilómetros de distancia.
Regresaré cuando el viento, ese alisio eterno que acaricia el lomo de las cumbres, me traiga el rastro del incendio primigenio que nos dio la vida, el aroma a piedra calcinada y a eternidad que solo quienes somos hijos del volcán sabemos descifrar.
Seguiré el hilo de la espuma, encaje salino que el océano teje contra los acantilados, hasta reconocer el pulso mineral del basalto y del malpaís, custodios de un calor que sobrevive mucho después de que el sol se hunda en su sueño.
Pertenezco a ese territorio, geográfico y emocional, donde el Atlántico se rinde ante la costa, y la lava , doblegada por los siglos, se transfigura en arena. Mi identidad se forjó en esos contrastes, la severidad de la roca frente a la caricia del mar; el silencio de los barrancos infinitos que invitan al recogimiento frente al estruendo incesante de una rompiente.
Regresaré a buscar mi sombra perdida entre las palmeras, centinelas que custodian mi infancia. Buscaré el socaire de los muros de piedra, para que el aire yodado me devuelva la voz que en la península se fue apagando.
Me sumergiré de nuevo en ese azul eléctrico —cristalino, gélido y salvaje— que purifica todo lo superfluo. Bajo la superficie volveré a ser la criatura de roca y algas que nunca dejó de habitarme, entregándome sin resistencia a la marea.
Porque mi patria es un fragmento de fuego rodeado de agua, refugio de dunas nómadas y horizontes que obligan a soñar.
Volveré a casa, porque el océano me reclama. Mi raíz, aunque hoy parezca marchita, sigue haciendo sorriba en mi pecho, bebiendo en secreto de la misma orilla que me vio nacer y aguardando el instante de florecer, una vez más, en mi isla.
miércoles, 4 de marzo de 2026
Drama de saldo
Me has dejado, vale.
Se supone que ahora debería ser una doliente enlutada,
vagar por las calles bajo la lluvia con aire etéreo
y tener la mirada de un bichillo abandonado.
Pero la realidad es mucho más cutre
me duele el pecho, sí,
pero será por esta obsesión de respirar hondo
para ver si encuentro el hueco sordo del que todos hablan
y solo nace un bostezo que no termina de salir.
Qué humillante es que mi gran tragedia
se resuma en que ahora me sobra tiempo
para contar las gotas que caen del grifo
o para reordenar mis fotos por orden de esperanza.
El universo sigue girando,
la gente compra el periódico,
el vecino sigue arrastrando muebles...
y yo aquí, dándole una importancia cósmica
al dilema de si cambiar las sábanas o el alma.
Es ridículo.
Mi corazón está roto, dicen.
Y tal vez sea verdad,
porque la otra noche, al apagar la luz,
juro que el silencio
parecía latir un poco más despacio.
martes, 3 de marzo de 2026
Habitar el frío
Empieza en el pecho.
Un brusco descenso de la temperatura que no avisa y, de pronto, lo tiñe todo de un gris pálido. Un vacío que calcina por dentro, que despoja de la seguridad y nos abandona a la intemperie. En ese instante, la firmeza se desvanece, el suelo se vuelve blando, inconsistente, y cada intento de avanzar o recuperar la compostura se convierte en un lento hundimiento.
Da miedo. Nos aterra comprobar que somos tan frágiles, que cualquier roce podría deshacernos. Por eso buscamos ruido, incendios ajenos o refugios prestados, cualquier cosa que nos devuelva el recuerdo de un calor pasado. Pero el invierno interno no se negocia. Se queda ahí, esperando a que dejemos de forcejear, a que olvidemos la urgencia de resistirnos.
Y dejas de pelear.
No finges estar de pie. Aceptas que eres esa gelatina que se escurre, y entonces el estruendo se apaga. El frío deja de ser algo que te ataca para convertirse en aliado, una superficie calma donde ya no hace falta dar explicaciones ni sostener ninguna forma.
No busques la salida todavía.
Quédate un poco más en este paisaje desnudo. A veces hace falta que todo se congele para poder ver, por fin, qué hay debajo. No necesitas tierra firme para no hundirte; solo recordar que tu propio latido es lo único que nunca deja de acompañarte.
lunes, 2 de marzo de 2026
Partitura de agua
Tus dedos desmenuzan la corola
con la lentitud precisa
de quien abre un nocturno.
No arrancas pétalos, tientas marfiles blandos
que se rinden al ardor de tu yema
hasta volverse harina de lluvia.
Cada latido libera una nota invisible,
la escala de la flor se difumina,
es un deshoje rítmico, una música que se licua.
La piel se vuelve dócil, acústica,
desintegrándose en un polen de escarcha
donde el deseo y la luz se confunden.
Se extinguen las notas, se vuelven residuo,
deslizándose por el relieve de tu tacto
hasta que el piano desaparece.
Ya no hay sonido, solo un reflejo que fluye.
La melodía se repliega en tu aliento,
mientras la caricia tiembla,
sosteniendo el silencio absoluto
de lo que fue armonía antes de ser agua.
martes, 24 de febrero de 2026
Una sirena mirando al sur
Ninguna brújula descifra su postura.
Ha soñado que el mundo termina allí,
donde el azul se espesa
y el viento murmura nombres de tierras
que jamás han visto la nieve.
Lleva la espalda curtida por el norte,
un frío que ya no la intimida.
Sus ojos, dos piedras arrojadas a la orilla,
fijos en el punto exacto
donde las aguas se vuelven cálidas
y la senda se pierde en espuma.
No aguarda a nadie,
ni hombre, ni barco, ni linaje que regrese.
Mira al sur porque allí el horizonte no ciega,
porque el mar abre una vía
hacia lo que nunca pudo ser.
Es estatua, memoria encallada,
un ancla viva eligiendo su abismo.
Mientras el mundo gira buscando un sentido,
ella permanece —húmeda, inmóvil—,
siendo la última frontera
entre el mar y el olvido.
lunes, 23 de febrero de 2026
Takotsubo
I. El impacto
Golpe de piedra,
el pecho se comprime,
falta tu aire.
II. La deformación
Vaso de barro,
el músculo se rinde,
triste silueta.
III. El vacío
Muda la hoguera,
late un eco de ausencia,
hielo en las manos.
IV. La herida física
Mata el recuerdo,
el cuerpo es un abismo,
grieta en el alma.
V. El final
Cae la lluvia,
el peso se deshace,
vuelve el respiro.
jueves, 19 de febrero de 2026
Veo veo
Te veo.
Te veo detrás de tus excentricidades, entre esa amalgama de mensajes crípticos que lanzas con la urgencia del que exige una respuesta inmediata. Te veo en esas comedias histriónicas que usas como cebo, esperando a que sea yo quien muerda el anzuelo y corra tras de ti.
Juegas a esconderte porque te has convencido de que la indiferencia te hace invulnerable. Crees que, mientras no te muestres, enmudezcas, conservarás la ventaja en este tablero que solo existe en tu cabeza.
Sigue jugando.
Mantén tu sigilo y aliméntate de esa necia sensación de control. Pero recuerda que el juego solo dura mientras ambos decidimos que sigue siendo divertido. Disfruta de tu irrisoria ventaja. Pienso encontrarte justo en el instante en que bajes la guardia.
Más... cuidado, esconderse demasiado bien tiene un riesgo, y es que el otro aprenda a moverse en la oscuridad.
Y yo ya aprendí.
Te veo.
miércoles, 18 de febrero de 2026
La orfebrería frente al óxido
Confieso que sigo aquí, alimentando este espacio, por una cuestión de resistencia personal. Sentarme frente a la página en blanco no es un acto de comunicación, es una forma de insurrección ante la rutina, ante el esfuerzo físico y mental de quien se niega a que el tiempo, la desidia o la ausencia oxiden su capacidad de crear.
Escribir es, para mi, una disciplina semejante al entrenamiento del náufrago que pule su balsa cada día. No lo hace porque espere el rescate, sino porque ese gesto es lo que le mantiene cuerdo.
Soy consciente de que habito en un vacío, despojada de las personas que antes daban eco y refugio a mis pensamientos. Pero, en esa soledad, el ejercicio se vuelve más puro, más verdadero. Mi empeño aquí es el de una orfebre de la voluntad, cada día me detengo a componer, deshacer e hilvanar, a tirar de un hilo invisible que, a veces, se enreda en la memoria y, otras, se quiebra en seco, obligándome a borrar, a desandar lo trazado y a recomenzar desde la herida o el fracaso.
No escribo para el algoritmo. Escribo para desgranar historias y conseguir que encajen con precisión en el hueco de mi corazón.
Cada párrafo que acuno en mi mente, cada adjetivo que arropo con mimo, cada verso que reconozco como mío, son pequeñas victorias —íntimas, silenciosas— contra el entumecimiento del espíritu.
Confieso que sigo aquí porque, mientras sea capaz de refugiarme del frío, envuelta en letras, merecerá la pena permanecer en un cálido, mullido y solitario yo.






