No busques una pausa, no la encontrarás. Esto no es una conversación, tu opinión fue anulada antes siquiera de que intentaras formularla. He decidido que ya no aportas nada y he venido a ocupar cada centímetro de este espacio con una voluntad que no admite réplica.
La cortesía es el refugio de los débiles y no tengo tiempo para concederte un turno. Hablar es un privilegio que acabas de perder, y, mientras balbuceas excusas, yo ya he tomado el control.
No te voy a dejar hablar, tu voz me estorba y no pienso tolerarla. No vas a seguir refugiándote en esa comodidad pasiva donde crees que tu presencia importa. Aquí no hay espacio para dos, solo existe una idea, una dirección y una ejecución que te sobrepasa sin pedir permiso.
Si esperabas clemencia o un instante para respirar, te has equivocado. El aire que consumes ahora es mío, y las reglas las dicto yo, mientras ves cómo se disuelve tu relevancia.
Se acabó el tiempo de las concesiones y de la falsa diplomacia, solo queda el impacto de mi palabra, la nada que dejas al callar.