Ninguna brújula descifra su postura.
Ha soñado que el mundo termina allí,
donde el azul se espesa
y el viento murmura nombres de tierras
que jamás han visto la nieve.
Lleva la espalda curtida por el norte,
un frío que ya no la intimida.
Sus ojos, dos piedras arrojadas a la orilla,
fijos en el punto exacto
donde las aguas se vuelven cálidas
y la senda se pierde en espuma.
No aguarda a nadie,
ni hombre, ni barco, ni linaje que regrese.
Mira al sur porque allí el horizonte no ciega,
porque el mar abre una vía
hacia lo que nunca pudo ser.
Es estatua, memoria encallada,
un ancla viva eligiendo su abismo.
Mientras el mundo gira buscando un sentido,
ella permanece —húmeda, inmóvil—,
siendo la última frontera
entre el mar y el olvido.
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