lunes, 9 de febrero de 2026

Complacencia

incluso en esos momentos 

en el que la noche aburre con su oscuridad,

en esos días que parecen caerse de la cama,

te quedas ahí,

en la costura abierta de las horas,

donde la calle sigue

pero tú ya no la empujas.


Complacencia, esa trampa silenciosa en la que caemos cuando confundimos la generosidad con la incapacidad de decir "basta". A menudo nos convencemos de que ceder es una muestra de bondad, pero en realidad estamos desdibujando nuestra esencia solo para encajar o evitar fricciones. No se puede vivir persiguiendo una validación que nunca llega a saciarnos, usando el "sí" como un escudo para que nadie se incomode mientras, por dentro, nos asfixiamos en compromisos no deseados y palabras que reprimimos.

Vivir para cumplir los anhelos ajenos tiene un precio que siempre pagamos con nuestra propia paz. Es esa sensación invasiva de que las prioridades personales deben esperar al final de una lista interminable. No se trata solo de falta de carácter, es una forma de decirnos que no somos importantes y que nuestro equilibrio depende del humor o la aprobación externa. 

Esta dinámica termina por convertirnos en extranjeros en nuestra propia existencia. Al final, soltar ese lastre es comprender que nuestro valor no reside en cuánto nos sacrifiquemos para que el resto esté cómodo. No se trata de levantar muros, sino de trazar el límite donde terminan las exigencias de los demás y comienza nuestro espacio. Desde esa transparencia, sin el lastre de agradar a toda costa, aparecen los vínculos que realmente valen la pena, esos que no exigen anularte para aceptarte. 

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