El tiempo se estanca, se pudre,
rueda su cadáver por la garganta del día.
Cada minuto, una astilla,
cada gesto, una mordida agria.
Somos sombras sin origen,
marionetas del pulso eléctrico,
girando en la misma órbita
bajo relojes que no miran.
Nadie escucha ya el nombre del viento,
ni el temblor del cuerpo cuando recuerda.
Solo hay ruido, un ruido que reza,
un ruido que mata despacio.
Echo de menos el lujo de holgazanear,
morder el aire sin propósito,
aceptar que el vacío
también sabe latir.
Pero seguimos
con los ojos cerrados y el alma en horarios,
sorteando rutas que no hallan destino,
corriendo hacia un fin que no existe.

No hay comentarios:
Publicar un comentario