El tiempo se estanca, se pudre,
rueda su cadáver por la garganta del día.
Cada minuto, una astilla,
cada gesto, una mordida agria.
Somos sombras sin origen,
marionetas del pulso eléctrico,
girando en la misma órbita
bajo relojes que no miran.
Nadie escucha ya el nombre del viento,
ni el temblor del cuerpo cuando recuerda.
Solo hay ruido, un ruido que reza,
un ruido que mata despacio.
Echo de menos el lujo de holgazanear,
morder el aire sin propósito,
aceptar que el vacío
también sabe latir.
Pero seguimos
con los ojos cerrados y el alma en horarios,
sorteando rutas que no hallan destino,
corriendo hacia un fin que no existe.

2 comentarios:
Nunca te rindas... cuando decidimos seguir, el algún punto encontraremos el equilibrio.
Exacto. A veces el camino se siente como una cuerda floja, pero es precisamente el movimiento lo que nos impide caer. El equilibrio no es un estado estático, sino el resultado de ajustar el paso mientras avanzamos.
Como bien dices, la clave es la persistencia; si te detienes antes de tiempo, nunca llegas a ese punto donde las piezas finalmente encajan.
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