Empieza en el pecho.
Un brusco descenso de la temperatura que no avisa y, de pronto, lo tiñe todo de un gris pálido. Un vacío que calcina por dentro, que despoja de la seguridad y nos abandona a la intemperie. En ese instante, la firmeza se desvanece, el suelo se vuelve blando, inconsistente, y cada intento de avanzar o recuperar la compostura se convierte en un lento hundimiento.
Da miedo. Nos aterra comprobar que somos tan frágiles, que cualquier roce podría deshacernos. Por eso buscamos ruido, incendios ajenos o refugios prestados, cualquier cosa que nos devuelva el recuerdo de un calor pasado. Pero el invierno interno no se negocia. Se queda ahí, esperando a que dejemos de forcejear, a que olvidemos la urgencia de resistirnos.
Y dejas de pelear.
No finges estar de pie. Aceptas que eres esa gelatina que se escurre, y entonces el estruendo se apaga. El frío deja de ser algo que te ataca para convertirse en aliado, una superficie calma donde ya no hace falta dar explicaciones ni sostener ninguna forma.
No busques la salida todavía.
Quédate un poco más en este paisaje desnudo. A veces hace falta que todo se congele para poder ver, por fin, qué hay debajo. No necesitas tierra firme para no hundirte; solo recordar que tu propio latido es lo único que nunca deja de acompañarte.
No hay comentarios:
Publicar un comentario