Me preguntas cómo se vive
cuando el pecho no aprieta,
y se rompe.
Se rompe hacia dentro,
sin ruido,
como un boceto que aprende a derrumbarse
mientras alguien sigue creándolo.
La cordura no llega a tiempo.
Aparece lenta,
con las manos limpias,
cuando ya lo has tocado todo con sangre.
Tú no bailas,
te sacude el caos desde la lengua,
te muerde las palabras,
te obliga a decir lo que no tiene forma.
Y yo te miro
como quien observa una grieta
abrirse en la roca,
sabiendo que ahí dentro
late algo que no quiere morir.
Dices que son recuerdos, puñales.
Pero no,
son voces antiguas
aprendiendo tu nombre
para quedarse.
Te rodean,
se ríen,
te prometen descanso
si te rindes.
Y aun así,
aun así hay algo en ti que no cede.
Algo pequeño.
Ridículamente pequeño.
Pero terco.
Una forma de luz
que no sabe apagarse del todo.
Porque sigues
con el aire a medias,
con el miedo clavado en los huesos,
con la noche haciendo nido en los párpados,
sigues.
No te conviertes en estatua de sal.
No te quedas mirando atrás
como si el pasado fuera un refugio.
Te arrastras, si hace falta,
pero avanzas.
Y en ese gesto mínimo, casi invisible,
en ese seguir sin épica,
ahí,
ahí está lo único
que se parece a la paz.
