lunes, 6 de julio de 2026

Entrega

     

Me sostienes la mirada y siento que me doblo, como si tus ojos supieran exactamente dónde guardo mis grietas. Hay un peso enorme en tu silencio, algo que vuela libre pero que a mí me clava al suelo, haciéndome temblar el cuerpo entero antes de que decidas mover un solo dedo.


Luego me hablas y es como si me curaras el pulso. Tu voz me frena la prisa, me aquieta, pero por dentro la piel ya comienza a erizarse, impaciente por el roce que sabe que viene. Cuando tus dedos por fin tocan los míos, me desconecto de todo lo que no seas tú; me deslizo hacia tu centro y me dejo ir, sin miedo a perderme.


Basta con que pronuncies mi nombre en un susurro para que mi cuerpo responda. Te metes debajo de mi piel, me calas hondo, y en ese instante el mundo de afuera deja de tener sentido. No me quedan fuerzas para resistirme, ni ganas de tenerlas; me rindo del todo ante ti, feliz de desaparecer en lo que somos.


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