Existe una narrativa romántica sobre los días lluviosos. Nos los venden como el escenario perfecto para la calma, la introspección con el relajante sonido del agua contra el cristal. Es una imagen idílica... para algunos...
Para mí la lluvia no es un refugio, sino un estorbo; una pausa forzada que interrumpe el ritmo de mis días y la energía que me define. Donde otros ven poesía, yo solo encuentro la incomodidad de una mañana interrumpida. La sensación de la humedad calando la ropa se convierte en el recordatorio constante de que la ciudad ha perdido su calidez. No hay magia en ese cielo encapotado que, como un ladrón, devora la claridad para sumir el ambiente en una melancolía gris y artificial.
Prefiero mil veces la vibrante nitidez de un día despejado que la quietud forzosa de una tarde de tormenta. Mi ánimo no se carga con el tintineo de las gotas, sino con luz; esa fuerza solar que promete movimiento, apertura y la simple, pero poderosa, alegría de un horizonte sin nubes.
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