En esa casa no se celebra la vida; se suelta lastre bajo una atmósfera donde el duelo a fuego lento marca el ritmo de los finales. El postre, siempre frío, emula esas verdades que solo se comprenden cuando ya es demasiado tarde para enmendarlas.
Ella ocupa su lugar en la mesa convencida de que esa noche dará sepultura a su matrimonio. Bebe un vaso de agua, buscando el sabor exacto y desabrido de la rutina compartida. Mastica despacio un plato de expectativas muertas y remueve, entre los restos de la cena, el peso de los reproches acumulados.
Al cruzar el umbral, se detiene frente a la fachada. Enciende una cerilla y comprende que, para que el pasado deje de perseguirla, no basta con cerrar la puerta; hay que calcinar el eco de los recuerdos que aún habitan los muros.
Mientras las llamas chamuscan las cortinas, descubre que la libertad no sabe a gloria, sino al calor seco de un incendio que lo borra todo.
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