Cuando la cordura se retira,
las palabras se visten
con pigmentos de comedia.
Es un lienzo de trazos impredecibles,
una visión surrealista
donde lo cotidiano se desmenuza.
El gato que lleva sombrero,
danza en un bucle infinito,
tras una sardina que marca el paso.
La tostadora entona un aria,
de vapor y muelles,
una tragedia lírica y fatal.
Mientras el tacón solitario,
huye hacia la calle,
buscando un pie que quiera volar.
Los muebles ejecutan pasos,
el ropero hace una reverencia,
y la silla gira sobre una pata.
La escoba ha entregado su afecto,
a un viejo carrusel oxidado,
que gira en el jardín del olvido.
El despertador bosteza con tedio,
estira sus agujas de metal,
y decide detener el tiempo.
El café se desborda en la mesa,
dibuja mapas de islas lejanas,
celebrando su propio caos.
Las lámparas parpadean,
contando chistes a las sombras,
que ríen colgadas del techo.
El cuadro de la pared se vacía,
sus figuras han salido a caminar,
por el pasillo de los rincones perdidos.
Es un universo sin lógica,
un juego de matices,
para expandir el espíritu.
Donde el "no" se vuelve "acaso",
y el silencio se puede morder,
como una fruta llena de luz.
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