Es un jirón de noche que me encuentra
justo cuando el sol se rinde.
No me pertenece;
habita otra casa, responde a otro nombre
y se debe a unas manos que lo esperan lejos.
Pero mientras el día bosteza,
su rastro azabache se enreda en mis horas.
Me entrega su presencia, un silencio de seda
siendo, por un suspiro, mi único aliado.
Es un pacto de humo, un afecto robado
que se desintegra cuando el ocaso muere.
Entonces marcha ligero, sin la carga del adiós
y aunque soy solo el refugio donde elige aguardar,
sé que mañana, en cuanto la luz se desangre,
volverá a buscarme.
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