El pasado sábado Madrid se sentía gris envuelta en esa lluvia persistente que parecía querer detener el ritmo de la ciudad. Sin embargo, en cuanto se apagaron las luces del teatro, el frío y la humedad se quedaron fuera, convirtiéndose en un eco lejano. Hay algo profundamente conmovedor en los primeros acordes de esta historia; un magnetismo que, sin importar cuántas veces la hayas escuchado, logra que el mundo se detenga.
Entrar de nuevo en este universo fue como redescubrirlo. La puesta en escena es tan física, tan rotunda, que casi puedes respirar el aire de otra época, es un organismo vivo que te transporta de las lúgubres galeras a las vibrantes calles del París del siglo XIX, aunque lo que de verdad te atrapa es la entrega absoluta que late sobre las tablas. No es tan solo técnica; es la generosidad de los intérpretes proyectando el alma en cada nota, y esa fuerza de los coros que te golpea el pecho con una intensidad casi religiosa. Es una energía que te atraviesa los sentidos y te eriza la piel, devolviéndote esa sensación tan pura de estar vibrando junto a lo que ves, oyes, experimentas...
Pero el corazón de la noche se detuvo con "Stars". Ver a Javert solo, bajo la inmensidad de ese cielo artificial cuajado de estrellas, fue el instante más bello de la función. Es mi pieza favorita y escucharla con esa maestría, en medio de un silencio sobrecogedor, lo sentí como un regalo inesperado que guardaré siempre conmigo.
Al salir, la ciudad seguía mojada y fría, daba igual, yo caminaba con otro ritmo. Me llevé un pedazo de esa luz de la barricada, con la certeza de que siempre habrá una función, un recuerdo, una canción capaz de encenderme por dentro.
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