martes, 13 de enero de 2026

Martes 13

He perdido la cuenta de cuántas veces el mundo se despierta sintiéndose extraño en su propio calendario. Hemos convertido el tiempo en un campo de minas donde es imposible abrir un ojo sin que alguien decida que hoy toca rendir pleitesía a la croqueta, al calcetín desparejado o al abrazo de un desconocido que, sinceramente, yo preferiría no recibir. Cabe preguntarse en qué momento la identidad colectiva necesitó colgarse de una efeméride absurda para sentirse válida.

Resulta fascinante, y un poco agotador, observar ese fervor artificial. Es fácil verse a punto de compartir un hashtag sobre el mazapán solo por el impulso de pertenencia, mientras el Blue Monday nos observa desde el rincón, recordando que las finanzas están en números rojos. Incluso hoy, siendo martes y 13, parece que la superstición clásica se queda corta; ya no basta con temer a un número o a un gato negro, ahora hay que gestionar el estrés de qué "día mundial" toca simular que nos importa. Es la ración diaria de "pan y circo", el conformarse con un meme para silenciar una indignación que no se sabe dónde colocar.

En el fondo, todo este ruido solo demuestra que nos cuesta horrores mantener el interés en las cosas que de verdad importan. Quizás la verdadera rebelión sea tener la audacia de vivir un día absolutamente irrelevante. Ignorar que toca homenajear al tenedor de madera o prepararse para la enésima refundación espiritual del horóscopo chino y, simplemente, permitirse el lujo de no ser nadie en una jornada sin significado.

Si algo sale mal, culpar al destino o a esta fecha maldita es la salida fácil. No hay que buscar conjuras cósmicas de mala suerte si se quema la cena o el café se enfría; nada más representa la prueba de que, por fin, se está celebrando el glorioso y liberador Día Mundial de “todo me importe una mierda”.

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