Tiene usted la insana costumbre
de desnudarse en palabras,
de clavar verdades en el aire
sin pedir permiso a la cortesía.
Habla sin filtros,
y cada sílaba cae
como chispa en pólvora ajena.
Mientras tanto, esa media sonrisa
—medio reto, medio caricia—
desarma el juicio y el recelo.
Hay quienes callan por prudencia;
usted no.
Usted prefiere incendiar el silencio
y dejar que alguien —tal vez yo—
arda un poco más de la cuenta.
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