De nuevo se abren las heridas
con el viejo cuchillo,
con idéntica desolación.
Cae el pulso; la piel no razona,
no comprende de esperas ni de olvido.
Es un grito que brota
de un tiempo que creía dormido.
Voy a cruzar mi rastro con el tuyo
para que el daño sea uno solo,
enredo de venas donde el acero
pierda, finalmente, su nombre.
No exige lógica el quebranto;
basta aceptar este flujo amargo
que derriba los muros del cuerpo
y nos confunde en un solo cauce.
Seremos una huella sobre el polvo,
una marca grabada a dos manos,
mientras el filo observa, ya inútil,
cómo el dolor nos vuelve indivisibles.
No hay comentarios:
Publicar un comentario