Transformamos en añoranza aquello que, en su día, resultó amargo. Nos aferramos al destello de lo que pudo ser, ignorando el desasosiego o la angustia que nos asfixiaba. Es un escondite confortable, una melancolía que nos convence de que el ayer es un refugio idílico, un paraíso diseñado a medida.
Sin embargo, ese cuento de hadas no es más que un espejismo moldeado por nuestro deseo.
El riesgo está cuando se nos ocurre la brillante idea de dar una nueva oportunidad a lo que ya no existe.
En ese reencuentro es donde la imagen tantas veces soñada se desmorona y al tropezar con los mismos obstáculos, descubrimos que los filos nunca se marcharon simplemente habíamos dejado de palparlos. Mágicamente surge la sensación de ridículo, ese instante de lucidez en el que comprendemos que hemos estado guardándole luto a una quimera.
Porque la nostalgia es una embustera profesional, mientras que la realidad, tarde o temprano, nos devuelve el reflejo de lo que fuimos, sin filtros, sin piedad, descarnada.

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