martes, 21 de abril de 2026

El oscuro secreto de la ameba


Mediocre. 

No fue un proceso abrupto, fue una erosión lenta de la voluntad. Todo empezó un domingo que se alargó por desidia hasta el martes y terminó por convertirse en un estado de hibernación perpetua. Allí, donde antes hubo alguien con un nombre y un propósito, quedó una masa que renunció a la dignidad de tener huesos. La ameba dejó de vivir en la casa para empezar a escurrirse por ella, era una mancha derramada sobre el sofá, mimetizada con la tela, un bulto que el mueble terminó por aceptar como un defecto de fábrica.

De la antigua lucidez apenas sobrevivió un brillo estúpido en la mirada que devolvía la luz azul de una pantalla siempre encendida. Sus movimientos eran una deriva de carne flácida que solo buscaba el mínimo roce con el aire y que se limitaba a colonizar los huecos que dejaba la realidad, encogiendo su existencia hasta la mínima expresión.

A su alrededor, el mundo seguía viviendo, aunque él y su aburrimiento funcionaron como un agujero negro que se tragó el estruendo, el polvo y el oxígeno sin devolver nada a cambio. Fue el triunfo de la inercia sobre la ambición. Descubrió que, para sobrevivir no hace falta ser fuerte, ni inteligente, ni útil, basta con ocupar un espacio y esperar a que el universo se canse de intentar moverte.

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