lunes, 15 de diciembre de 2025

Lo que no tuvo nombre

Hay penas que no saben de permisos,

ni de etiquetas, ni de nombres oficiales.

Estaba rota por quien no ocupaba un lugar,

habitando un final que no tenía título.

Tuvo cierres largos, pesados, lentos,

pero aquel silencio pesó mucho más.

En lo definido se extraña lo vivido;

en aquel limbo, sufría lo que pudo ser.

No perdió un pasado,

sino el futuro que inventó en la espera.

Se quedó atrapada en el «nosotros»,

lejos de la rutina y del desgaste de los días.

Le quemó la impunidad de la ausencia.

Esa idea de que, al no haber promesas,

existe el derecho de desaparecer sin rastro.

Aquel vacío fue válido.

No necesitó un contrato para romperse.

La intensidad no residía en el nombre,

estaba en la piel que dejó en el camino.

El cierre no llegó desde fuera.

Se lo tuvo que dar ella, paso a paso,

al aceptar que quien deja siempre en la espera

no sabe qué hacer con lo que se ofrece.

Le quedó la paz de haberse atrevido.

Sentir sin red y sin garantías.

Si ardió de esa forma, fue prueba de su entrega.

Prefirió el golpe a la cobardía del vacío.

Aquel día dolió, y se permitió la tristeza.

Porque para ella, aunque no fuera nada,

sintió como si lo hubiera sido todo.

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