El foco derrama su luz en el escenario.
El aire condensa un discurso sin peso.
Observo la precisión del gesto aprendido.
La mano señala el error ajeno,
un índice firme que olvida su origen.
Caminan con pasos medidos sobre la paja,
mientras sus propias vigas proyectan
una doble sombra en el brillo del mármol.
El cinismo no grita, susurra con elegancia,
viste de traje a medida y mira a otro lado,
disfrazando el valor de simple ingenuidad.
Y el cristal, harto de reflejar imposturas,
se quiebra en mil fragmentos.
Ya no hay rostros, solo esquirlas
que cortan al que osa buscar
su imagen cabal entre los restos.
El teatro sigue abierto,
pero la audiencia sangra
en secreto.
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