Días que vuelan,
que tienen prisa, que se me escapan
mientras me creía la dueña de mi tiempo.
Días que se pierden porque no supe mirarlos.
Porque los traté como trámites,
como ruido de fondo,
postergando la risa o el silencio
para un después que nunca tuvo fecha.
Ahora, esos días se ocultan en la memoria.
Se vuelven tesoros que antes no ví,
el calor de una mano, un café sin prisas,
el peso de una tarde tranquila.
Días que ayer me parecieron pequeños
y que hoy son el vacío que más me duele.
Viví de puntillas sobre mis propias horas,
como si el presente fuera un ensayo,
un lugar de paso, una mudanza sin muebles.
Hoy me detengo.
No deseo que mi rastro sea de añoranza,
ni que el tiempo tenga que romperse
para que yo aprecie sus pedazos.