Quitar el dolor,
arrastrarlo hacia una esquina,
sentarlo cara a la pared y dejarlo así,
ignorado, sin voz.
Castigarlo por cada lágrima,
por todo aquello que rompió.
Que se quede allí, de rodillas,
que no me busque en la almohada,
que no me despierte,
que deje de morderme el alma.
Que libere mi pecho,
para, de nuevo, poder respirar,
mientras recojo mis pedazos
y me perdono
por haber dolido tanto.

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