Ella coleccionaba estaciones en frascos de cristal. Si la melancolía la envolvía, destapaba un suspiro de agosto para inundar la habitación con olor a tierra mojada y a retumbar de truenos. Una noche de insomnio, decidió experimentar. Dejó caer el frasco del invierno contra el suelo.
Al amanecer, la calle despertó sepultada bajo un manto blanco, y los trozos de cristal, esparcidos por su habitación, brillaron como el primer hielo de la mañana.

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