He levantado muros tan altos
alrededor de las cosas tiernas,
que a veces olvido su forma,
su nombre,
su latente primavera.
Protejo todo aquello que me duele
para ponerlo a salvo de mí misma,
me convierto en hielo,
acallo las tormentas que me habitan.
Avanzo de puntillas por mi existencia,
las manos abrigadas en los bolsillos,
con miedo de que un roce inesperado
prenda la llama que llevo dentro.
Sin embargo, con la primera grieta,
el cuerpo comprende
que se puede ser refugio
aun desnudando las defensas.

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