viernes, 9 de octubre de 2026

Como luciérnagas para el corazón

Mirar el cielo, observar sin prisa esa transición en la que el día cede su espacio. Anochece mientras las nubes se diluyen en el final de la tarde. En esa lentitud, respirando la calma, entiendo que la vida no se mide solo en los pasos que damos hacia adelante, también son los momentos en los que decidimos detenernos a contemplar lo que nos rodea.

Es curioso cómo la quietud te limpia.

Y resulta que, en mitad de ese silencio, comienza el gorgojeo de los pájaros que regresan a sus nidos. Es una melodía suave, constante, que no satura, que reconforta y alimenta el alma justo cuando la tarde se apaga.

Pienso entonces en que existen personas que tienen ese mismo don. Seres que aparecen —o reaparecen— en nuestra vida de forma sutil, casi sin hacer ruido, pero cuya presencia se convierte en música necesaria. Y no hace falta la cercanía para sentir el calor de ese vínculo, basta una coincidencia de pensamientos, una palabra compartida en una pantalla o un rastro digital que te hace sonreír.

Son esas que, aun en la distancia, se convierten en refugio. 

Se ven las estrellas, ya duerme la claridad, pero estas horas me dejan la certeza de que la paz no es solo un instante de soledad mirando el horizonte, es también saber que, aún en la penumbra, hay quien entiende y comparte la misma melodía.

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