Resuenan rastros de resaca
que no se extingue.
Un nudo sordo detrás del esternón,
fijo
cada vez que doblo la apuesta
o estafo a alguien a medias.
He probado a anestesiarlo con ruido,
con más alcohol, con cuerpos de paso.
Da igual.
El insomnio siempre gana.
Me espera a las cuatro de la mañana,
cuando la cama se queda muda
y caducan las mentiras.
Entonces escarba.
Sin violencia, que es lo jodido.
Solo interroga.
Y hay preguntas que te desarman.
Por esa maldita insistencia
sé que sigo viva,
aunque ya no recuerde
a la tipa que pudo ser.

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