Las paredes guardan un aire espeso.
Es un animal dormido en mitad del pasillo.
Pesa
lo que no supimos nombrar.
Nos fuimos deprisa,
como si nombrarlo
fuera a abrir grietas irreparables.
Verbos mal hilvanados,
todavía con aliento,
disueltos en vaho.
Ruido de fondo. Interferencia.
Y el abismo
haciendo su trabajo,
sin testigos.
No hubo un «lo siento»,
ni un «espera»
capaz de hallar la boca.
¡Qué frágil era
cuando me deshacía en ti!.
Callamos.
No sabíamos
que el silencio también quiebra,
como el agua macerando el hierro,
como una casa que se vacía sola
y deja jirones de vida
en las esquinas.
Recojo lo que no dijimos.
Le quito el polvo,
le invento un orden,
invierno, martes, despedida,
casi...
le miento un poco.
Ya no arde.
Algunas noches,
cuando el frío pronuncia tu nombre,
un cristal cruje
astillándose dentro de la cabeza.

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