Bajo el influjo pálido de una luna de plata,
el centauro galopa sobre hojas dormidas,
estampa de hombre que sueña y bestia que resiste,
avanzando con el torso firme y el casco que golpea.
Sostiene en su mano una rosa encendida,
color de herida fresca y de lamento antiguo,
buscando en la sombra esa ruta perdida
que el polvo y los siglos le borraron al viento.
Frente a él se planta un toro de lomo amarillo,
como el trigo maduro que el sol ha tostado,
raíz de tierra que espera el encuentro
con un brillo azabache entre árboles sagrados.
Dos fuerzas se miran, lo humano y lo fiero,
cubiertos por el manto de escarcha y frío,
unidos por un lazo de luz y de acero
en el sueño infinito de un bosque sombrío.

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