lunes, 25 de mayo de 2026

Cambios

Hubo una época en la que ser sumisa fue una experiencia enriquecedora de vulnerabilidad elegida. Disfrutaba de la desconexión. Dejarme llevar funcionaba porque el que estaba al mando no era un inepto con el ego inflado. Era alguien que sabía leer mis silencios, que respetaba mis límites más que yo misma y que se tomaba mi placer como una responsabilidad sagrada. Había una belleza innegable en esa entrega, adrenalina limpia y complicidad que no se encuentra a la vuelta de la esquina. Fui feliz porque fue sano, consentido y jodidamente divertido.

Entonces me pregunto...si fue tan bonito, ¿por qué ahora me queda grande el papel? Porque la vida pasa. Las razones por las que hoy el traje de sumisa me aprieta son muy claras:

- Tengo la paciencia bajo mínimos: Para volver a entregar el control, primero tendría que encontrar a alguien a la altura de gestionarlo. 

- Mi soberanía es innegociable: En este momento de mi vida, mi cuerpo y mi espacio mental son propiedad privada exclusiva. Me ha costado mucho construir la mesa en la que me siento como para ponerme de rodillas ante nadie, ni siquiera jugando. Necesito una horizontalidad absoluta.

- El listón está demasiado alto: Cuando ya has probado el caviar, no te conformas con sucedáneos. Para aguantar a un aficionado que se cree Christian Grey, prefiero quedarme en casa leyendo un libro o durmiendo ocho horas del tirón.

Asumir que un rol que te hizo feliz ya no encaja contigo no es un fracaso. Evolucionar significa aceptar que lo que ayer te daba paz, hoy te da pereza. Aquella sumisa fue libre, disfrutó y exploró sus límites al máximo, pero esa etapa ya cerró el telón, por ahora.

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