Mi vida se despliega como complejo jardín. Con dedicación he plantado innumerables flores, símbolos de afectos, sueños y momentos compartidos. Pero este edén no es inmune a las estaciones: con el paso del tiempo, muchas de esas flores se han marchitado; otras, simplemente, fueron arrancadas de raíz por la mano del destino o la distancia.
Las almas que transitan mi existencia, que vienen y van en un ciclo constante, dejan su huella, su impronta indeleble, a veces como suaves caricias, otras como profundas cicatrices. Es la danza pura y a la vez dolorosa de la memoria, un recordatorio constante de la no permanencia de las cosas.
Sin embargo, este ejercicio de introspección me recuerda una verdad fundamental que me ancla al presente, pues, a pesar de las pérdidas, de las ausencias que duelen y de los espacios vacíos, mi jardín interior sigue en pie. Resiste.
He aprendido a desviar mi atención de la tierra reseca y, en su lugar, cuidar las flores que, milagrosamente, siguen ahí. Sé que mi labor es regar con dedicación esas amistades profundas que han demostrado ser resilientes, y proteger con celo y gratitud los amores que, contra viento y marea, desafían el paso del tiempo y las tormentas de la vida.
Acepto la inestabilidad y la frustración inherentes a este proceso de plantar y perder, viéndolas no como tragedias, sino como parte del paisaje, como los vientos recios que, inevitablemente, sacuden mi mundo. Son fuerzas externas, pero he aprendido a diferenciarlas de la esencia misma de mi ser. Reconozco que esos vientos no son, ni serán jamás, las raíces profundas y firmes que me sostienen.
El jardín cambia, sí, pero la jardinera permanece.
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