sábado, 28 de febrero de 2009

Crónica en azul petróleo

Le puso Su collar engarzándolo a la negra cuerda que se ajustaba con armonía a su cuerpo, pareciera que lo esperaba, fue envolviéndola de forma pausada hasta quedar en perfecta unión. Contemplaba extasiada el laborioso tejido que embellecía su piel y pensaba…., siempre le habían fascinado las ataduras, los nudos, los dibujos que caprichosos iban saliendo de Su mano. De rodillas, con los brazos atrapados a su espalda, sin posibilidad de movimiento, la comenzó a azotar lentamente, cada uno mas fuerte al anterior mientras sus ya sensibilizados pezones recibían de nuevo los bocados ardientes de las pinzas.
La fusta cayó sobre ellos, el dolor la hacía estremecer, comenzaron a caer lágrimas, pasaban los minutos, El observaba sus gestos, ella cerraba los ojos para concentrarse en su satisfacción. De repente, cuando a punto estaba de usar la palabra de seguridad pactada, El paró, acarició su mejilla y sacó las pinzas tan despacio que ella hundió la cabeza en Su pecho para ahogar el gemido que amagaba escapar. Entonces acercó la crema y con una suavidad infinita masajeó las aureolas y le sonrió orgulloso.
Era incómoda la postura, boca abajo, sin poder moverse, dependiendo de lo que El deseara, esperó. Escuchaba Sus pasos inquieta, hasta que algo helado la hizo dar un respingo, no era doloroso, pero si extraño. Lo notaba como se iba introduciendo en su ano, excitándola, humedeciéndola. El retiró el pelo de su cara, deseaba ver sus ojos y su boca suplicante mientras hacía efecto su poción. Unos pocos segundos y jadeaba con el corazón acelerado y la respiración entrecortada. El acercó su sexo y ella, no dudó, lo acogió entre sus labios, lo besó, lo hizo suyo hasta sentir como se derramaba, bebiendo su jugo.
El ardor se había calmado levemente y seguía en la misma posición cuando Su mano se dejó sentir en sus nalgas al tiempo que la iba desatando. Se recreaba en los nudos, no tenía prisa. Al finalizar, le dio la vuelta colocándola al borde de la cama, abrió bien sus piernas y la montó dejando que se abrazasen los gemidos de ambos hasta estallar.
La ducha acompañó su conversación distendida. Se enjabonaron mutuamente dejando caer el agua que los serenaba. “Antes de irme, me gustaría tomar algo contigo”, el dijo.
Recogieron con rapidez, El hizo un nudo con un trozo de la tela roja que había servido para atarla al collar y lo guardó junto al libro, con las cosas de ella, “Es un compromiso” le susurró. Ella volaba feliz….
Bajaron a la cafetería sonrientes, recordando detalles de sus horas pasadas, la sonrisa no se despegaba de sus rostros.
Miró el reloj, debían irse, lo llevó al aeropuerto, era de noche ya, se besaron y El, agarrando su mano, le dijo: “Hasta dentro de muy poco Maravillas”.

viernes, 27 de febrero de 2009

Crónica en azul añil

La fusta silbaba cortando el silencio. Descubrió sus hombros sin desnudarla, acarició su espalda y sus brazos con delicadeza y se alejó. El primer golpe la puso alerta, El jugaba con ese sonido viendo como se tensaba su espalda, gozaba observando los músculos en movimiento, paseaba, la miraba, disfrutándola. A El le gustaban los números impares, así fueron los azotes. Al finalizar, la fue desvistiendo mientras le susurraba que era suya.

Ató sus muñecas con cinta roja a la espalda, también sus brazos y sintió los bocados de dos pinzas aferradas a sus pezones, unidas por un cordel, del cual El tiraba a capricho, haciéndola gemir a la vez que nuevos azotes recibían su pecho y su vientre. Un solo movimiento y esas pinzas y un grito apagado cayeron. El acarició su cabeza y la besó, profundamente mientras Sus dedos jugaban con su sexo empapado y sediento.

Tumbada sobre la cama, El abrió sus piernas poniendo un vibrador para estimularla y dos pinzas, una en cada labio para que no olvidara a quien pertenecía esa excitación. Cuando llegaba a perder la noción, El las movía y ella gritaba de dolor, deseando que terminase.

Perdió la noción del tiempo, solo deseaba ser penetrada, poseída y lo suplicó sin pudor, como una perra en celo. El accedió, la tomó con fuerza moviendo sus cimientos, ahogando sus gemidos, inundando su cuerpo. Fue un instante de vértigo y un gemido ronco la sorprendió, temblaba, lágrimas caían al igual que su risa se ampliaba.

Desató las cintas, la cubrió con una sábana y le dijo: “Tienes tres minutos para lo que desees”. Y se fue. Ella no se movió, estaba en calma, satisfecha y plena.

Cuando, al cabo del rato, regresó, se tumbó a su lado y la abrazó cubriéndola de besos y caricias. Volvió a preguntarle: “¿Deseas continuar?” y ella, como en la ocasión anterior respondió con un escueto pero emocionado “Si”.

jueves, 26 de febrero de 2009

Crónica en azul cobalto

Le había mandado un escueto mensaje: “Ya salgo, nos vemos en un rato, un beso”. Era previsora, meticulosa, la noche anterior lo había dejado todo bien organizado. Al recibir el aviso, sintió como temblaba. Necesitaba serenarse así que abriendo el maletero del coche repasó todo cuanto El le había pedido que llevara, lo nombraba a la vez que sus ojos se iban hacia el objeto y sonreía. Arrancó a la vez que un suspiro se escapaba con fuerza y se fue en dirección al aeropuerto.

La tormenta de su interior se calmó al verlo. Su cara franca, expresiva, su humor, su calidez invitaban a dejar la tensión de lado. Se relajó agradecida, su mente comenzaba a poder trabajar, sin presiones, en una grata armonía. Consultaron sus planes, era temprano, podían ir a pasear, a charlar, a conocerse mas si era posible. Ella condujo aliviada por el bullicio de las calles a plena hora de comercios y gente, el sol estaba radiante y un ligero calor adornaba el ambiente. Una bella terraza, un hermoso paisaje, fueron los testigos de sus primeros guiños, de sus risas, de sus historias pasadas, de su presente. Al volver de nuevo al coche, las percepciones se tornaron confiadas, eran pocas horas las que habían transcurrido pero algo los había conectado, magia en una ciudad encantada.

Coincidieron en el menú, comida japonesa. En el restaurante del hotel estaban solos, ya la conversación entre ambos era fluida y, sin hacer comentarios, decidieron que agradecían esa soledad, era sin duda disfrutar de un avance para lo que en breve estaban preparados hace mucho tiempo atrás. Siguieron las confidencias, anécdotas, tanteos hasta llegar al café y el brillo en sus ojos iluminados, expectante, calmada y excitada a un tiempo…

El rojo predominaba en aquella habitación, confortable y silenciosa. El dispuso en perfecto orden su maletín y la bolsa de ella. La sentó en la cama, a Su lado, y le indicó que comenzara a explicarle lo que contenía y los motivos de elegirlos. Poco a poco, fueron surgiendo, una fusta, un collar, un vibrador, unas bolas……cada uno aderezado con un comentario. El, a su vez, hizo lo mismo, y de la nada, aparecieron cuerdas, pinzas, vibrador, mordazas de tela roja, collar………un hermoso libro que se instaló como protagonista momentáneo de la escena…

La besó fugazmente en los labios y le preguntó: “¿Estás preparada?”, ella, deseosa de escuchar esa frase y mirándolo directamente a los ojos le contestó: “Si”.

A contraluz (Francesca Woodman)


Francesca juega. Juega con viejos vestidos de arcones olvidados y caracolas marinas. Con vidrios y con espejos. Puertas, sea que estén como flotando en el aire o tenebrosamente entreabiertas. Algas, flores, vendajes... su propio cuerpo en movimiento y transparente.
Explora la soledad, el olvido y el paso del tiempo. Para ello recurre a fotografías intimistas, en las que a menudo aparece desnuda o camuflada con el mobiliario, o indaga en la relación con su propio cuerpo, a veces ocultándolo, a veces cubriéndolo, otras intentando dominarlo.
Los juegos y las experimentaciones comienzan cuando Francesca, niña, a los trece años descubre la fotografía y continúan intensa, febrilmente, hasta los veintidós, cuando decide ponerle fin a su vida.

domingo, 22 de febrero de 2009

Un paseo por....Boris Vallejo





Im Nin'Alu (Ofra Haza)




Si no ha quedado ninguna misericordia en el mundo,
nunca se obstruirán las puertas del cielo.
El Creador reina supremo, y es más alto que los ángeles.
Todos, en su espíritu, subirán
por su proximidad, su aliento que da vida fluye a través de ellos.
Y ellos se glorían en su nombre
Desde el momento del génesis, sus creaciones crecen
cautivando y más bonitas.
La rueda en su círculo truena
aclamando su nombre santo...

sábado, 21 de febrero de 2009

No me quieras tanto

Suelo comparar al necio con el ebrio, por mucho que intentes explicarles actitudes u opiniones no te escuchan, siguen obcecados en sus torpes palabras. La diferencia es que el alcohol se pasa después de una resaca monumental, pero …¿y la necedad? Esa no tiene cura lamentablemente.
El necio es imprudente, terco, osado, pretende que su verdad sea única y exclusiva, generalmente la vocifera de manera engolada intentando con ello apagar la razón de los demás. No sabe dónde se encuentra el límite de lo correcto y distinguirlo es sencillo, su pobreza de espíritu es muy patente.
Parecerá una contradicción el decir que también se esconde en el anonimato para soltar sus perlas, pero no, no lo es. De entre la fauna de necios los hay cobardes, la mayoría se arropa por un círculo de infelices como ellos con el fin de respaldarse y reír sus gracietas y barbaridades de turno. Se aplauden unos a otros y cuando creen encontrar una víctima adecuada, se envalentonan y calientan motores. Pero, luego, al quedarse a solas, la raza desaparece, que no la maldad ni la miseria y es en ese momento, brillante bajo su criterio, que su chispa de ingenio se ilumina y lanzan mensajes patéticos amparados en las sombras.
Como receta yo diría que lo mas cuerdo es ignorarlo, sin respuesta termina desapareciendo.
Pero claro, a veces, hay que darle un toque de atención, un tironcito de orejas para que recuerde que hay casas en las que no se consienten los gritos, rincones que le están vedados y libertades que no se le permiten.
Espero que haya quedado bien claro.

viernes, 20 de febrero de 2009

La tercera prueba de Yao (y II)

Subió las escaleras, descalza, al entrar en la sala la observó para acomodar su vista a la penumbra. Encontró una vela en el suelo que debía encender y acercar a la única ventana existente y cojines esparcidos en aparente desorden. En silencio, como siempre, acomodó la estancia y se tumbó entre ellos, la espalda al aire, esperando. No escuchó cuando las manos del príncipe se posaron en su espalda ni tampoco el ruido de las cadenas que ataron sus muñecas y tobillos dejando desvalida su intimidad. Una gruesa polea la elevó tal como estaba suspendiéndola en el aire a la vez que gotas de cera comenzaron a caer con destreza, rojas, negras, cubriendo su cuerpo, enrojeciendo su piel, cada vez mas cerca, cada vez mas dolorosas hasta formar una gruesa capa, como un molde, que la inmovilizó totalmente. Fue solo un instante, un chasquido seco y rápido inundó la estancia rompiendo la figura en pequeños pedazos de colores. Yao deseó gritar con todas sus fuerzas pero ningún sonido salió por sus labios. Sin tiempo a reacción, algo metálico se introdujo en ella hurgando sin piedad, cortando su respiración, humedeciendo su sexo, arrancando sus gemidos. Mientras, los latigazos continuaban, con una curiosa armonía, en intervalos cada vez mas cortos. Dolor y placer, mezcla de sentidos, pasiones, deseos. Cuando el último pedazo de cera se desprendió de su piel, cesó la fusta, volvió el silencio brevemente para dejarse llevar, con alivio, por las manos del príncipe, que la depositó entre los cojines y llenó su espalda de mas aceite, ésta vez frío, casi helado que agradecía su cuerpo extenuado. No obstante, el objeto metálico seguía en dentro de Yao, El lo movía de tanto en tanto y comprobaba su excitación puesto que así la deseaba, ardiente.
Con el masaje Yao cerró de nuevo los ojos para permitirse el disfrutarlo y no se dio cuenta que El había desaparecido, que estaba sola, de nuevo con su kimono puesto, no había cadenas, ni cojines, no estaba el metal disponiendo de su cuerpo, ni la vela en la ventana. Había una mas grande, azul, que iluminaba la siguiente puerta que debería cruzar, la última de ésta prueba, la de la campana. Ante ella, otra pintura fresca, que representaba a Yao delante de un espejo, deformada y triste. Se sobrecogió al ver esa imagen, tuvo miedo pero no podía deshacer el camino. Siguió adelante.
Al llegar a la cúspide, el aire helado caló sus huesos, se trataba de un pequeño torreón coronado por una bella campana plateada labrada. El no estaba, tan solo otra carta en la que le explicaba que debería reflejar su cuerpo en ella, verse desnuda, contemplar con paciencia cada poro de su piel. En un acto de vanidad, le pareció la mas sencilla de las pruebas. Se dirigió hacia ella, la ropa cayó a sus pies y se enfrentó a una visión que jamás pensó. Ante Yao apareció una anciana demacrada y seca, de ojos vivos pero tristes, de pelo completamente blanco y manos huesudas que intentaban, a la vez que ella, cubrir su cuerpo con pudor. La geisha bajó la vista con horror, tambaleándose, se apoyó en la pared, estaba mareada, y comenzó a llorar como nunca antes lo había hecho, ni en los peores tormentos que en su vida había pasado.
En ese momento Harimoto entró, dirigiéndose a la campana, la cubrió con una gruesa tela, avanzó hasta Yao y tomándola entre sus brazos, salieron de la torre cruzando el jardín. No hubo palabras, esa noche de nuevo reposaría en la alcoba, sola con sus pensamientos.

La tercera prueba de Yao (I)

Con la primera claridad de la mañana, un soldado entró en la alcoba despertándola bruscamente de su sueño, ya de por si muy ligero. Le acercó, envuelta en un paño de seda, una pequeña caja de marfil y se marchó sin mediar palabra ni esperar respuesta.
Yao la observó un momento intentando adivinar su contenido y con rapidez la abrió descubriendo una carta manuscrita en papel de arroz, en un antiguo alfabeto japonés. En ella Harimoto-Togawa le ordenaba que al caer la noche atravesara el jardín del palacio hasta llegar a la torre prohibida, una torre construida en espiral con mil escaleras y dos grandes salas y en la cúspide, una campana de ritual.
En su misiva, le explicaba el sentido de aquella construcción. Las dos salas significaban dos suplicios, cada uno distinto, y el proceso de subir sus peldaños era el de liberar el alma en la entrega.
Yao leyó atentamente las instrucciones de como llegar a su destino. Debía atravesar lentamente un largo y cuidado jardín zen para no romper la armonía de los dibujos escritos en la arena ni la sombra que la luna dejaba en las piedras dispuestas sabiamente.
Empezó a caminar, su largo kimono blanco se deslizaba entre la hierba húmeda casi sin rozarla. Observaba cada rincón, cada flor, cada movimiento de la brisa, embebiéndose en ella. La luna brillaba con una palidez nunca vista como sabiendo con silenciosa envidia que esa noche Yao le demostraría que ella podría sustituir su luz.

Maravillas sonrió....casi podía imaginarse al lado de Yao y poder tener la suerte de compartir su destino...

- Me gustaría estar con ella,...dijo....
- Bien, Maravillas, dijo él,...pero aun debes aprender mucho, cielo....
- Aprenderé, Señor.....dijo

Maravillas llegó delante de la torre junto a Yao, allí sabia que debía dejarla porque ésta iba a tomar su camino sola. De cerca descubrió que era una torre impresionante, de líneas sencillas pero soberbia, con una humilde puerta como única entrada. Puerta humilde, como humilde debía comportarse Yao.
Entró en una sala aparentemente vacía iluminada por un rayo de luna que entraba por un único ventanuco, proyectando la luz en el centro. Se fue hacia esa claridad y se despojó de sus ropas, cerrando los ojos, empezó a sentir como su cuerpo daba vueltas…
Notó algo húmedo en su espalda, algo diferente y no tardó en adivinar que era una especie de pincel realizado con ramas de Ginko que iba extendiendo por su cuerpo un aceite con olor a sándalo. Levantó sus brazos para que impregnase su cuerpo y abrió sus piernas para que penetrase en su sexo. El aroma iba derramándose adquiriendo hermosas tonalidades, de ese modo estuvo tiempo y tiempo hasta que ya no sintió mas la caricia del aceite.
De repente, un zarpazo de dolor intenso cruzó su espalda al que siguió otro. Solo pudo cerrar fuerte los labios para evitar gritar, era de nuevo la madera de Ginko pero esta vez larga y flexible recorriendo su espalda mas veloz si cabe por el engüento. Levantó la cabeza, apretó sus dientes y nuevos zarpazos cruzaron su piel, por su espalda, por sus piernas, por sus nalgas, por su vientre, por su pecho…Abrió los brazos deseando exponer todo su cuerpo mientras intentaba adivinar donde sería el siguiente.
Así siguió un largo rato, ella no quiso abrir los ojos pues sabía que no era merecedora de la visión de su Dueño, solo podía ofrecerse y esperar a que El se saciase. El aceite impedía que su cuerpo quedase marcado pero convertía el dolor de cada azote en algo mucho mas especial. Al cabo de un tiempo, el esfuerzo cobró las primeras gotas de sudor de Yao que cayeron cadenciosas de su frente deslizándose como perlas, perlas surgidas del dolor que quedaban a sus pies y que ella no quería ni pisar para ofrecérselas a El como muestra de amor y de sumisión. Los zarpazos siguieron hasta casi quebrar su alma.
El silbido de la madera cesó y alguien le acercó un objeto a su mano, ella lo tomó y suavemente lo palpó, era un violín japonés, un instrumento que solo las geishas mas experimentadas sabían tocar. Ella lo entendió, se sentó cruzando sus piernas en el suelo, desnuda, cubierta por el aceite, su sudor y sus lágrimas y empezó a tocar la melodía mas hermosa que nunca se había oído antes en ese lugar. Una canción interminable, preciosa, la canción de Tsan-Aisha...una niña que por amor a un ruiseñor se tiró de los acantilados y que cada vez que la luna se vuelve pálida como esa noche, ella canta a su amigo ruiseñor.
Ella sabía que El le escuchaba y tal vez se deleitaría con su música y con su imagen pero solo tal vez, auque solo por ello debía seguir cantando y tocando.
Al final, Yao se quedó dormida, fueron tan solo unos minutos, mas cuando despertó, vio que alguien la había tapado con su kimono. La luna ahora se reflejaba en una nueva puerta al lado de la cual, aun fresca, había una pintura. Era Yao, desnuda, con los brazos extendidos y elevándose unos milímetros del suelo. Yao supuso que El la había pintado con sus propias manos y fue feliz.
Eso le dio nuevas fuerzas para avanzar hacia el siguiente piso y esperar, sin temor alguno, el próximo suplicio.

jueves, 19 de febrero de 2009

Apuntes a un desconocido

Olvidé que no eras tu quien me buscaba
y... te busqué…

Me observas desde las sombras y no me nombras,
no siento tu aliento clavado a mi piel.
Mi olor de hembra mojada no se mezcla con el tuyo,
mis suspiros no te alcanzan, no me ves.

Tal vez no sea tuya aunque yo espere,
tal vez no quieras compartir tu caminar,
tal vez….mis dudas, siempre ellas…

Olvidé que no eras tu quien me deseaba
y... te deseé…

Bebí de tus palabras cada noche
confundiendo espejos con realidades
embriagada de insensatez, norte perdido
sin horas, sin mañanas….

Olvidé que no me conociste..., recordé que no te conocí.