martes, 2 de junio de 2026

Le han arrancado el corazón


Para trabajar en este tugurio de la periferia se exige una sola regla: ojos abiertos, boca cerrada. El negocio prospera gracias al anonimato absoluto.

A las dos de la mañana entró una pareja. No me pasó desapercibida la mirada del tipo, tenía algo de depredador, una rabia turbia, casi obscena, que intimidaba. Cumpliendo el protocolo, cobré en efectivo, entregué la llave de la habitación y volví a mi crucigrama.

Treinta minutos después comenzaron los ruidos, un golpe seco contra el suelo, el crujido de la madera astillada y el desgarro violento de telas. Subí el volumen de la televisión para amortiguar el alboroto. Estaba acostumbrada a los clientes salvajes, pero esta vez se me hacía distinto, el ambiente se antojó espeso... Luego llegó el silencio.

Cuando subí a comprobar la habitación, el olor a humedad del pasillo se mezcló con un tufo penetrante. La puerta estaba entornada. Dentro, sobre la alfombra, reposaba el desastre, jirones de ropa, un charco oscuro y un cuerpo con el pecho abierto.

Suspiré, cerré despacio y bajé a buscar la fregona. 

Para trabajar en este tugurio de la periferia nunca se hacen preguntas.

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