Se estanca el silencio en las aristas de mi cuerpo,
mientras los párpados ceden, sumisos, al sueño.
No encuentro el consuelo en el llanto
ni en el rastro de tu ausencia,
en ese lugar exacto donde la memoria tropezó.
Con demencia busco tus labios, desesperada.
Siento como descienden por mi cuello,
dejando el desgarro de la saliva fría,
una caricia de piel que la realidad me niega.
Qué ironía habitar entre el humo y el deseo,
donde tu boca es un eco atrapado en mi mente.
Me niego a despertar.
Que me atrape la noche en su red de sombras,
que se detenga el tiempo hasta romper los relojes.
Déjame seguir aquí,
bebiendo de tu manantial que me llena cuando duermo,
ahí donde tus besos... no son un sueño.

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